sábado, 16 de enero de 2010

Fornido

Hasta que cumplí 32 fue que di mi primer beso y no fue con ella con la que pude "desflorarme" a los 34.

Siempre fui tímido, gafas grandes para disimular mi pena y enaltecer mi ego. Bravucón y hablador como siempre. De niño mi complejo fue ser gordo y le decía sollozando a medio mundo que estaba gordo y me decían tíos, primos mayores, mamás, papás, abuelas y abuelos: "no hijo, como crees, sólo estás fornido".

En la escuela básica aprendí a fogearme como los grandes. Tuve dos grandes amigos de sexto grado mientras yo iba en primero. Ellos decían en lo que debía de fijarme, como debía comportarme y qué es lo que le gustaría a las niñas para cuando tuviera esa edad... edad suficiente para fijarme en ellas. Yo les miraba atónito y emocionadísimo mientras ellos sacaban toda su galantería frente a mis ojos. Eso me convirtió en lo que pretendí ser que ahora mismo no soy, tanta habladuría sobre sexos jóvenes, piernas débiles apenas en formación, ponitails, calcetas a la rodilla me abrumo de tal manera que quedé inválido de por vida.

Años me dediqué a decir que tal o cual persona había pasado por mis manos y habían probado las mieles de mis fluidos corporales (sudores, secreciones y en el más perverso de los casos, excreciones). Todo mundo aseguraba mis conquistas sin tener la precaución de ir a cuestionar a quien, según yo, había sido mi víctima.

Todo el tiempo andaba sin quitarme esos gafas obscuras que me distinguían. Y no los tenía porque fuera uno de esos chamacos escuálidos disque a la moda como los de ahora, no. Más bien fue por qué la Boing, esa vieja marca de bebidas refrescantes, sacó un modelito igualito a wayfarer y coincidió que mi padre, hombre famoso por sus radiantes motocicletas harley davidson motor de 1200cc. con un escape sonoro en todo el barrio, tenía unas iguales y según él, eran propiedad de algún esposo de aquellas hembras a las que él, fogosamente, había calmado su pasión. Seguro él salía corriendo agónico/orgásmico desnudo de la habitación de alguna afable norteamericana siendo perseguido por uno de esos tantos rednecks sureños pero seguro, justo antes de brincar por la ventana, había agarrado esas gafas de algún saco del hogareño esposo como trofeo personal y en calzoncillos manejado sus 1200 centímetros cúbicos de perversión sexual con sus wayfarer puestas.

Mi padre, fanfarrón como yo, quería lo mejor para mi, me los heredó. Yo escondí por años mi hipócrita mirada espantada para mostrar una fachada mucho más agresiva y fuerte, todo gracias a unos rayban de algún militar de segunda que regresó a su casa con una bala metida en el culo propinada en una fallida guerra en el oriente.

La curvilínea mujer que me hizo perder mi virginidad era como 6 años menor que yo. Yo para ese entonces había perdido mi toque de gañán oculto y todo mundo sabía que era un perdedor. Una cana en la patilla, arrugas cercanas a la comisura de los labios y unas ojeras del tamaño del atlántico me hicieron sentir débil y me di por vencido... jamás volvería a ser el hipócrita géminis del pasado.

Ella, en cambio, era una roja cereza. Eso me traía a la mente el par de cerezas que tenía tatuadas en el hombro. Una mariposa en el abdomen tapando una estrella y una enredadera turgente subiendo por sus duras y moldeadas pantorrillas, dignas de la mejor alumna de Pina Bausch. Rapada de los costados, flequillo a la Bettie Page. Era mi más grande sueño húmedo. Yo... yo ya no usaba gafas obscuras. Usaba unos fondos de botella adquiridos en la óptica del Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación.

Ella vivía debajo de mi... no debajo de mi sexo, ya así lo hubiera querido. Justo el piso debajo era el lugar de los más grandes escándalos de esa vieja calle. Fiestas, tipos, tipas, borrachos, junkies, rockabilleros, deathrockers, tatoohunters y demás lobos nocturnos pasaban por su lugar. El mio sólo olía a incienso de dos pesitos que compré en el metro y lo más rudo que sonaba era el acetato que me regaló mi hermana de Marc Bolan, el repertorio ocupaba a Perales, Serrat y Sabina. Imaginaba como podría autoerotizarse frente a su espejo de cuerpo entero, yo compré uno igual cuando vi que llegó acompañada de un tipo fuerte y grande cargándolo. Mi pena era verme de cuerpo entero con carne en donde no debía de haber, ojos pequeños y un abdomen predominante. Me repetía a mi mismo... no estás gordo, no estás gordo... estás... fornido!

Yo la seguía constantemente, era mi perdición. Más de una vez nos cruzamos de frente para que yo rápidamente agachara la mirada. Nunca me vio hasta que tuve ese descuido, me topó en la barra de ese horrible bar, donde iban puros pendejos a escuchar música horrible, yo sólo iba por seguirla por saber su onda, me topó jugando con un montadiente. Cuando sentí su mirada era muy tarde, me congelé al darme cuenta que venía hacia mi... extrañé como nunca esas viejas gafas obscuras que se exhiben al lado del libro de Paulo Coello que recibí en el intercambio de la oficina y del de El código DaVinci que el único amigo que tengo tuvo a bien forzarme a leer. Allí en esa repisa que compré para poner mis glorias literarias puse los lentes... para recordar mis glorias pasadas... esas que nunca sucedieron.

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