miércoles, 31 de marzo de 2010

Envidia

Del viaje a Las Vegas no me quedó nada, si quiera el recuerdo, ni una pinche foto me dejaste. Parece que te las tragaste todas. No recuerdo ni mi intento de trascendencia... sólo te recuerdo diciendo "que ganas de trascender a lo pendejo".

Momento Mathias Goeritz: es el generado por la impresión de un montón de edificios apilados uno sobre otro, un pedazo de cielo azul, más azul que tus ojos; luz enceguecedora y asesina de una cruda mortal. Droga mortal y capaz de hacerme ver todo en tercera dimensión, sin gafas ni películas de segunda con costos de película de Chabrol en Hollywood visto en algún rincón madrileño. Finalmente, perderte en ese campo inmenso de piedra y lodo arquitectónicamente perfecto y sentirse más mierda de lo mierda que eres, es la autodestrucción de la autoestima, es el hundimiento en el hoyo del hoyo.

Para Adrián. Viajador sin descanso. Hombre de Bop, diría Kerouac. Aunque más Sal Paradise que nunca, se está volviendo loco, antes de que sea por completo sería bueno que lo conocieras, si es que queda un alma aqui.


Mi más atinada lectora dice que no estoy concluyendo nada. No doy un buen punto final. Sigo sin poder cerrar las ideas, querida. ¡Algún día me volverá la cabeza a la cabeza!

jueves, 11 de marzo de 2010

Último

La palabra "última(o)" suele ser tan dramática. Como el último adiós, la última caricia, la última vez que me corro dentro de ti, el último beso (fatídico; aquel que te brindará tu muerte anhelada), la última cerveza antes de ser "engranjado", el último día en el trabajo, la última vez que te vi, el último gallo. Todas con una carga emocional excesiva. Toda emoción, por irrelevante que sea, tiene un peso específico trascendental en las personas. Algunos, incluso dirían, pecan de ridículos (¿pero quiénes pecan de ridículos, las personas o las emociones que generan las personas?).

Olvide que iba a platicarte. Sólo recuerdo que era alguna explicación referente a la sensación de tocarte. No sólo a ti. Tocar la piel, el contacto piel con piel es una sensación maravillosa, pero he olvidado que es eso, tanto que olvidé que escribir.

martes, 2 de marzo de 2010

Subterráneo

Qué chingados hago aqui mientras tu estás allá. Le doy vueltas y vueltas al vaso que no me he podido terminar desde hace dos horas, todos están sonrojados ya y sigo mirando la mesa en donde nos sentamos la última vez que vinimos a este lugar. Mis viejos acompañantes ya ni dicen nada, saben que soy un amargado (aunque suelen confundir el término de amargado con burlón) y es por eso que ya ni me llaman por teléfono y tampoco quieren saber de mi.

Hoy hubo un error, fui invitado por una grave falla que fue reprimida con una mirada inquisidora. La chica que me invitó, de falda corta y piernas gordas seguro quiere guerra, yo ya tengo suficiente con la que libro a diario conmigo mismo, dentro y fuera de mi, dentro y fuera de las cobijas, dentro y fuera de mis manos, dentro y fuera de mi cabeza, dentro y fuera de los pantalones ajustados, las botas a la rodilla, la licra sin ropa interior de todas esas que alegremente me reciben perniabiertas después del pactado depósito de efectivo.

Decido mirar a los que no me quieren con ellos y una sonrisa más que forzada sale de su rostro, me duele la cabeza y prefiero despedirme. Insisten, parcamente, en que me quede. Digo agradablemente (con un agrado real, no forzado; lo sienten y se incomodan. Agrado agradecido de la no invitación. Tanta es la incomodidad que sueltan el llanto. Mi mirada rebozante llena de ira, angustia y dolor convertida en una sonrisa, la mejor que han recibido y recibirán la interpretan como el peor de los errores en sus tiernas y dulces vidas) hasta luego y dejo un billete de Sor Juana debajo de mi vaso. Doy la vuelta y escucho los tacones del destino: piernas gordas, falda corta viene detrás de mi.

Debajo de ese viejo farol mi chorro salió desviado por sus manos, se lavó sus manos con mi lluvia cálida y dorada. Paseó sus dedos delante de mi y después, cuando finalmente la llave dentro de mi alma se cerró, secó sus dedos con el aire que esta fria ciudad le proporciona, como una secadora automática. Después, olió su mano, secó el resto con mis güevos, volvió a olerse la mano y me tomó del brazo: el metro está a la vuelta, con suerte alcanzamos uno de los últimos trenes.

Al entrar, nosotros éramos la mala vida. Bajamos unas escaleras chiclosas que parecía que querían arrancar nuestros pies. Esperamos la llegada del tan esperado vagón del metro, me dijo: quieres emoción, vámonos hasta atrás. Pensé que nada podía perderme ni pasarme, ya te había perdido, ya habías pasado la estación de mi habitación.

Al despertar tuve la bendición de no tener que mirar su rostro desaliñado ni ella el mío. El lugar no olía tan mal como otras ocasiones y cuando me senté en la cama pensé que me habría dejado el desayuno listo junto con una nota: es el mejor sexo que he tenido en toda mi vida, gracias. En cambio, encontré mi cartera vacía y un mensaje que decía: te lo mereces por pendejo. Supongo que fallé, nuevamente fallé.

Me dejó sin el dinero con el que pensaba desayunar. Entré al baño y estaba sució, con asco lo limpié como pude, vomité.

Ya instalado en la regadera pensé en tus últimas palabras: no se que es lo que estoy haciendo, tu tampoco. Pero si se que no eres suficiente para mi, además cuando no se nada de ti, estoy tranquila. Voy a preparar de comer, ¿gustas?