martes, 2 de marzo de 2010

Subterráneo

Qué chingados hago aqui mientras tu estás allá. Le doy vueltas y vueltas al vaso que no me he podido terminar desde hace dos horas, todos están sonrojados ya y sigo mirando la mesa en donde nos sentamos la última vez que vinimos a este lugar. Mis viejos acompañantes ya ni dicen nada, saben que soy un amargado (aunque suelen confundir el término de amargado con burlón) y es por eso que ya ni me llaman por teléfono y tampoco quieren saber de mi.

Hoy hubo un error, fui invitado por una grave falla que fue reprimida con una mirada inquisidora. La chica que me invitó, de falda corta y piernas gordas seguro quiere guerra, yo ya tengo suficiente con la que libro a diario conmigo mismo, dentro y fuera de mi, dentro y fuera de las cobijas, dentro y fuera de mis manos, dentro y fuera de mi cabeza, dentro y fuera de los pantalones ajustados, las botas a la rodilla, la licra sin ropa interior de todas esas que alegremente me reciben perniabiertas después del pactado depósito de efectivo.

Decido mirar a los que no me quieren con ellos y una sonrisa más que forzada sale de su rostro, me duele la cabeza y prefiero despedirme. Insisten, parcamente, en que me quede. Digo agradablemente (con un agrado real, no forzado; lo sienten y se incomodan. Agrado agradecido de la no invitación. Tanta es la incomodidad que sueltan el llanto. Mi mirada rebozante llena de ira, angustia y dolor convertida en una sonrisa, la mejor que han recibido y recibirán la interpretan como el peor de los errores en sus tiernas y dulces vidas) hasta luego y dejo un billete de Sor Juana debajo de mi vaso. Doy la vuelta y escucho los tacones del destino: piernas gordas, falda corta viene detrás de mi.

Debajo de ese viejo farol mi chorro salió desviado por sus manos, se lavó sus manos con mi lluvia cálida y dorada. Paseó sus dedos delante de mi y después, cuando finalmente la llave dentro de mi alma se cerró, secó sus dedos con el aire que esta fria ciudad le proporciona, como una secadora automática. Después, olió su mano, secó el resto con mis güevos, volvió a olerse la mano y me tomó del brazo: el metro está a la vuelta, con suerte alcanzamos uno de los últimos trenes.

Al entrar, nosotros éramos la mala vida. Bajamos unas escaleras chiclosas que parecía que querían arrancar nuestros pies. Esperamos la llegada del tan esperado vagón del metro, me dijo: quieres emoción, vámonos hasta atrás. Pensé que nada podía perderme ni pasarme, ya te había perdido, ya habías pasado la estación de mi habitación.

Al despertar tuve la bendición de no tener que mirar su rostro desaliñado ni ella el mío. El lugar no olía tan mal como otras ocasiones y cuando me senté en la cama pensé que me habría dejado el desayuno listo junto con una nota: es el mejor sexo que he tenido en toda mi vida, gracias. En cambio, encontré mi cartera vacía y un mensaje que decía: te lo mereces por pendejo. Supongo que fallé, nuevamente fallé.

Me dejó sin el dinero con el que pensaba desayunar. Entré al baño y estaba sució, con asco lo limpié como pude, vomité.

Ya instalado en la regadera pensé en tus últimas palabras: no se que es lo que estoy haciendo, tu tampoco. Pero si se que no eres suficiente para mi, además cuando no se nada de ti, estoy tranquila. Voy a preparar de comer, ¿gustas?

No hay comentarios:

Publicar un comentario