lunes, 26 de abril de 2010

Never let me down again

Nunca he sido un buen amigo; soy hipócrita, grosero y me burlo de tu corta habilidad verbal y de tu dificultad para entablar una conversación inteligente (poco digna de la mía). Camino con arrogancia trantando siempre de hacerte sentir menos y disminuir tu presencia a grados infinitecimales. Desprecio tu persona y tu supuesta virilidad de la cual estás levemente orgulloso.

Te recuerdo con el ínfimo impacto con el que se recuerdan las miradas cualquiera que se cruzan por la calle. Tu vida misma es como unos ojos pálidos y poco coloridos... quisieras ser un par de ojos destacables de entre el vulgo. Aunque, de manera insólita, recuerdo la última ocasión que la pasamos juntos, posiblemente fue por la impresión que causó en ti la manera en cómo me conmoví por algo que jamás habría movido las entrañas de alguien. Creo que cometí el error de mostrarme ante ti como realmente soy... en ese momento me descubriste, sin querer, tendiste una red para atraparme en mi momento más vulnerable.

- Hipócrita- gritaste al público. Yo, conmovido hasta las lágrimas (como ya lo había dicho), fui abrazado por la audiencia que esperabas que te abrazara a ti, ese que me brindó el calor más fuerte, el calor que sólo era provocado por la presión de tu sexo sobre el mio, cuando tus débiles brazos arremetían contra mi espalda arañando la espina que sube toda esa perversidad que finalmente se libera en tu boca a manera de grito que siempre cayé con mis manos (me daba asco la manera en como tu rostro se deformaba cuando yo sólo estaba intentando saciarme, obviamente, sin saciarte a ti). Entonces un hedor emanó de tu interior, deslizó de entre tus piernas ensuciando tus medias y pariendo un engendro llamado envidia.

(...I hope you never let me down again)

Cuando sonó Ziggy Stardust interpretado por Bauhaus (todavía recuerdo el Crackle que intercambié por un horrendo disco de Angra a mis 15 años) subí el volumen hasta que mis oidos no escuchaban el sonido de la sirena que corría a nuestro costado e intentaba pararnos. Volamos como el viento mientras tu, histriónica como siempre, movias tu hermosas piernas frente a mi distrayendo de lo realmente importante: tu sexo.

Todo aventaste por la ventana, la vida, la muerte y mi corta experiencia. Todo quedó regado en el camino, la sirena se cansó y se unió a nuestra peregrinación, dejó de gritar.

El último coctel fue el que nos mató. La duela estaba pintada para recibir nuestro sudor y dices que así fue. Entre sueños recuerdo las burlas y los jaloneos, dicen que existe evidencia de esa noche. Yo perdí la noción del tiempo y del espacio. Amanecí como amanecen los perdedores: sin memoria, sin recuerdo, sin virgnidad y sin ti.

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