miércoles, 18 de agosto de 2010

Grandeza volumen 2

Ayer fue un día de total destrucción.

Destruirse con el ánimo de renovación es bueno. Despertar con dolor de cabeza y no saber en que hotel te encuentras también. Al amanecer y maldecir el día nuevo quedan dos opciones: no moverse y no levantarse en el día o despertarse renovado, tomar las llaves del coche y salir a aventárselo al primer automovilista estúpido de esta ciudad (no tardarás ni media cuadra en hacerlo). Ese afán de destruir mi auto y el de alguien más es mi miedo más profundo, se que moriré en un siniestro (como le nombran los ajustadores) pero no me parece lo más excitante ni me interesa estar mutilado y coger y correrme como nunca estilo Crash.

Por esoy hoy, cuando vi el camión enorme a un costado mio a punto de impactarme por haberme pasado el semáforo en rojo, sabía que era mi destino. Mi corazón desbordándose hizo que me aferrara al volante como si fuera mi último amor y el susto me mató antes que el impacto. Supongo que golpeo el pequeño auto rojo ese enorme monstruo cargado de ira y testosterona, igual que el gordo moreno de 1.80 y 125 kilos que lo conducía. Los vidrios volaron y lo primero en destrozarse fue mi cabeza al impactarse contra la ventanilla, misma que se rompió al tiempo que mi craneo también. Los vidrios y la sangre volaron (en este momento entra un plano secuencia combinación entre horror, belleza y efectos visuales, el automóvil siendo destrozado en una toma trasera del mismo, la cámara rotando en 270 grados alrededor del pequeño polo rojo. El momento crucial es cuando la cámara se situa al costado de la puerta del conductor, en este caso yo, y se capta precisamente cuando mi craneo es destrozado por la ventanilla, y el tractocamión entra como niño hiperactivo a la cocina de su casa, muy norteamericana, claro, dejando sucio todo el suelo porque viene de jugar a la pelota en el parque de baseball... justo así entra el camión por la portezuela derecha, la toma continúa en 270 grados dirgiéndose al frente del vehículo destrozado, al posicionarse justo frente a éste la imagen es potenciada dada mi mirada, que sin importar que estoy muerto ya, tengo los ojos clavados en la cámara y un par de lágrimas escurren por mi mejillas... en este momento es cuando el público se sale y los sanguinarios esperan chorros de sangre muy a la oriental, la cámara continua su viaje para continuar los 270 grados exigidos, los siguientes 90 grados restantes se van entre chatarra apachurrada y sangre que salta, de manera muy sutil, jugando entre los vidrios, como si fuera un ballet impresionantemente sincronizado, lleno de belleza, coordinación y presencia. Cuando se terminan esos 90 grados restantes, múltiples tomas entran en juego para saciar más al espectador para concluir, muy a lo amores perros con el coche humeante y una toma del cinturón de seguridad lleno de sangre... finalmente el cinturón no sirvió de nada y terminé muerto) la gente se arremolinó y la culpa, toda la culpa la tuvo el camionero según los que pudieron ver el impacto, porque es prácticamente imposible que ese pequeño y menudo hombre que sonrió hasta el último momento, aun bañado en lágrimas pudiera ser capaz de pasarse el semáforo. Ahora todo eso no importaba, sólo importaba detener al asesino.

La gente lloraba entorno a mi vehículo y los bomberos luchaban infructuosamente por sacar mi cuerpo inherte de entre la chatarra retorcida. Los bomberos, como nunca había sucedido jamás, no paraban de llorar mientras intentaban sacarme de dentro, el llanto dificultaba cada vez más su operación y cuando llegó la ambulancia no pudieron siquiera cargarme porque parecía que alguien había picado toneladas de cebolla.

Nunca supe en que hotel me quedé dormido, hoy pensé que quería comerme el mundo y ser el más grande de entre los grandes. Finalmente sigo siendo el mismo tipo stalker, ansioso que algunos llaman gafapasta y otro fracasado que disfruta de tener en vinilo el Three Imaginary Boys, para mi, el mejor disco de The Cure.

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