domingo, 24 de octubre de 2010

Sobre rechazos

Rechacé la mejor invitación hecha en años.

Acabó de ceder el asiento del metro, estación General Anaya. Mujer mayor, gafas obscuras y sonrisa amable. Dice: Gracias mi vida, se sonríe y después me pide perdón por decirme "mi vida" argumentando que si fuera con mi novia (sonora carcajada) le habría tomado por sus blancos cabellos hasta dejarle calva. Dos segundos después me estaba invitando a Moneda a escuchar un grupo coral (para mis adentros me decía que en Moneda sólo conozco buenos camellos, reggeatoneras de pantalones abrúptamente ajustados y sexo sucio y maloliente). Tuve que rechazar la invitación argumentando que me dirigía zombiemente al trabajo.

Me habría encantado hacerle compañía y que ella me hiciera compañía en domingo. Habría sido burla de los camellos, pero habría despertado cierta lujuria en cierta mujer que me mira de reojo en algunas ocasiones. Ya será para cuando vuelva a ceder el asiento.

lunes, 18 de octubre de 2010

martes, 12 de octubre de 2010

"La juventud mexicana contemporánea es un club al que hace mucho no quiero pertenecer."

lunes, 11 de octubre de 2010

El día estaba hecho

Me quedé sin vehículo y siempre me ha gustado el transporte público. De niño soñé con tomar siete millones de fotografías de los siete millones de habitantes de la capital y cada que voy en el camión veo tantos rostros distintos que me habría tomado tres vidas en consumar semejante tesis fotográfica. Hoy un rostro valía ser capturado 7 millones de veces, tal vez más.


Me gustó mucho como me coqueteaste, te cambiaste de asiento para voltear a verme porque sabías que mis ojos estaban clavados en tu nuca. Mientras hablabas por teléfono alcanzaba a ver que entre los respaldos de los asientos me regalabas una que otra mirada. Notaste que me paré más rápido que tu cuando me di cuenta que bajarías (lo que tu no notaste es que esa no era mi bajada). Pasé por delante de ti sin darte el paso en el pasillo y lo hice sin voltear a verte, con desprecio. Cuando bajé extendí la mano para ayudarte en la escalerilla, me volteaste a ver, me sonreíste y me diste las gracias.

La última mirada que me regalaste fue con cara de invítame a tomar un café y enséñame el mundo que tú conoces. Instintivamente dijiste hasta luego que llevo mucha prisa. Me fui a tomar un taxi pensando en como me hizo falta el automovil para decirte: si te llevo te alcanzará el tiempo para intercambiar teléfonos, mientras el humo del café nos nubla la vista. También pensé que era tarde para mi, pero que el día estaba hecho; que el día, si fuera tan berrinchudo como yo, podría haber permitido anochecer en ese momento, el día estaba hecho.

viernes, 8 de octubre de 2010

Me encantó tu arrogancia... ligeramente infantil pero agradable. A ver si esa puta arrogancia la mantienes después de la primer ensabanada... ahí es donde debe de sobresalir...
Arrogante placer.

martes, 5 de octubre de 2010

Me bañé con agua fria, mis pies estaban en el azulejo más sucio jamás antes visto y me peiné con el reflejo de los hielos derritiéndose de la última salvaje y atroz borrachera.

Fue tan bello, como estar en casa... de vuelta en casa.

lunes, 4 de octubre de 2010

Cerveza y graveyard

La última vez que mi padre me visitó le invité de cenar una piña colada y galletas. En el refrigerador sólo tenía ron, crema de coco y jugo de piña. Las galletas estaban en la guantera del coche.

Siempre acabas igual cuando nos vamos a beber a medianoche al panteón de allá arriba, en ese mismo donde nos tomamos la foto que tanto tiempo adornó todas tus redes sociales. Cuando todavía sonreías cuando te tomaba por la cintura.

Extraño cuando me cuidabas y me hacías sentir como chico, como un chico querido. Extraño cuando me celabas y no dejabas que ninguna arpía se me acercara. Todas te caían mal. Extraño cuando me cargabas en tus hombros y todo estaba bien. Extraño cuando me veías mal y te bebías la cerveza de un hilo e intentabas eructar y no te salía y acababas riendo, tumbada en la cama. Extraño cuando me gustaba que me llamaras con sobrenombres cariñosos, cuando nada me molestaba. Extraño que me esperaras despierta o dormida según tú y que a cinco minutos de que estaba dentro de las sábanas pegaras tus pies helados a mis piernas y tus brazos débiles buscaran su casa, en torno a mi cintura. Extraño cuando nos hablábamos, cuando solíamos jugar a la pelota, cuando todo era más fácil, cuando no grababa tus ronquidos en medio de mi noche insomne. Extraño los años pasados, cuando era joven, cuando eras joven, cuando estábamos juntos.

Extraño cuando confiaban en mi. Como dos jinetes en la tormenta.