lunes, 4 de octubre de 2010

Cerveza y graveyard

La última vez que mi padre me visitó le invité de cenar una piña colada y galletas. En el refrigerador sólo tenía ron, crema de coco y jugo de piña. Las galletas estaban en la guantera del coche.

Siempre acabas igual cuando nos vamos a beber a medianoche al panteón de allá arriba, en ese mismo donde nos tomamos la foto que tanto tiempo adornó todas tus redes sociales. Cuando todavía sonreías cuando te tomaba por la cintura.

Extraño cuando me cuidabas y me hacías sentir como chico, como un chico querido. Extraño cuando me celabas y no dejabas que ninguna arpía se me acercara. Todas te caían mal. Extraño cuando me cargabas en tus hombros y todo estaba bien. Extraño cuando me veías mal y te bebías la cerveza de un hilo e intentabas eructar y no te salía y acababas riendo, tumbada en la cama. Extraño cuando me gustaba que me llamaras con sobrenombres cariñosos, cuando nada me molestaba. Extraño que me esperaras despierta o dormida según tú y que a cinco minutos de que estaba dentro de las sábanas pegaras tus pies helados a mis piernas y tus brazos débiles buscaran su casa, en torno a mi cintura. Extraño cuando nos hablábamos, cuando solíamos jugar a la pelota, cuando todo era más fácil, cuando no grababa tus ronquidos en medio de mi noche insomne. Extraño los años pasados, cuando era joven, cuando eras joven, cuando estábamos juntos.

Extraño cuando confiaban en mi. Como dos jinetes en la tormenta.

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