lunes, 11 de octubre de 2010

El día estaba hecho

Me quedé sin vehículo y siempre me ha gustado el transporte público. De niño soñé con tomar siete millones de fotografías de los siete millones de habitantes de la capital y cada que voy en el camión veo tantos rostros distintos que me habría tomado tres vidas en consumar semejante tesis fotográfica. Hoy un rostro valía ser capturado 7 millones de veces, tal vez más.


Me gustó mucho como me coqueteaste, te cambiaste de asiento para voltear a verme porque sabías que mis ojos estaban clavados en tu nuca. Mientras hablabas por teléfono alcanzaba a ver que entre los respaldos de los asientos me regalabas una que otra mirada. Notaste que me paré más rápido que tu cuando me di cuenta que bajarías (lo que tu no notaste es que esa no era mi bajada). Pasé por delante de ti sin darte el paso en el pasillo y lo hice sin voltear a verte, con desprecio. Cuando bajé extendí la mano para ayudarte en la escalerilla, me volteaste a ver, me sonreíste y me diste las gracias.

La última mirada que me regalaste fue con cara de invítame a tomar un café y enséñame el mundo que tú conoces. Instintivamente dijiste hasta luego que llevo mucha prisa. Me fui a tomar un taxi pensando en como me hizo falta el automovil para decirte: si te llevo te alcanzará el tiempo para intercambiar teléfonos, mientras el humo del café nos nubla la vista. También pensé que era tarde para mi, pero que el día estaba hecho; que el día, si fuera tan berrinchudo como yo, podría haber permitido anochecer en ese momento, el día estaba hecho.

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