martes, 16 de noviembre de 2010

Me siento cansado y decepcionado. Como todas las mañanas de lunes. Como todos los días. Sigo llorando de cualquier cosa y sigo sintiendo que me sigo descomponiendo, como un renault 76. Salí defectuoso y no hiciste ni el más mínimo esfuerzo por engrasarme un poco. Tal vez un poco de tu lubricante me habría hecho bien, sólo desgarraste el cielo y las vestiduras con tus tacones... sin sentido, como hasta ahora.

Me sigue pesando tu no presencia. Sigo molestándome por todo. Sigo bebiendo más de la cuenta y la cuenta me indica que alguien cogió por ahí y yo tengo que pagarlo todo. ¿Quién cogió? grita una vieja a lo lejos y mi chaleco guinda de capitan de meseros me impide gritarle: tu chingada madre...

Me voltéo con una propina de menos del 6% que me dejó ese hijo de la chingada de la mesa dos; si, la que da hacia mesones y es la que te gustaba ocupar, limpio mis manos como siempre en el pantalón (también recuerdo que me decías que te cagaba que me limpiara las manos en la ropa, pero cómo te encantaba que limpiara tus fluidos con mi lengua), tomo la servilleta y me la paso por la frente, estoy hirviendo. El patrón me ve y no sabe si estoy mal otra vez o tan sólo me estoy cociendo de coraje por dentro.

Todos saben que mi hígado está en llamas y a punto de cocción, que mi estómago está destrozado y lleno de úlceras y que mi corazón... que mi corazón sigue purgando condena y sólo un trago de ardiente caña lo puede hacer sentir mejor.

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