lunes, 27 de diciembre de 2010

Amantes tristes y gigantes...

Me detuve en medio de la niebla y del frio a calmarme. Estaba espantado y nervioso.

Al entrar al baño alguien entró detrás mio pero no le di mucha importancia, me estaba quedando dormido pero a la vez la nula visibilidad me impacientaba, era como querer dormirme para no estar más con miedo. Entré, limpié la orilla de la taza y me senté. Pensé en lo mucho que te extraño y las pocas ocasiones en que te dije que te quiero. Por un momento olvidé la niebla de afuera y los dos grados bajo cero sólo cubiertos con mi sueter azul marino de lana italiana. Olvidé para recordarte. Jamás borraré de mi cabeza la imagen de la calle obscura y sola, nuestro miedo y que los dos nos volteamos a ver para decirnos que mejor cambiáramos de ruta. Nunca he tenido tanto frio y nunca me había sentido tan inepto como esa ocasión, no supe cubrirme del frio y no supe como hacerte sentir segura. Giramos y yo tiritaba, tal vez era el efecto del contenido del bong de tu socio.

Cuando levanté la cara recordé que tenía suficiente para mantenerme despierto, me puse para estar listo para el regreso. Seguía pensando en ti. Sigo pensando en ti.

Salí y sentí el frio, el de esa noche más que el de la niebla del monte veracruzano. Había dejado la ventanilla abajo del coche pero todo seguía ahí. Al subirme al coche, más exaltado que nunca, noté (ahora si) al tipo cuando salía del baño que me veía penetrantemente. Nos seguimos mutuamente en medio de la noche.

Pasé al establecimiento de 24 horas por un poco de bondad humana. Al pagar él estaba ahí. Al caminar junto pensé en recriminarle la manera en como me estaba observando, esbozó una sonrisa y tomó sus bolsas. Llevaba lo mismo que yo, iba vestido de negro, igual que yo, y estoy seguro que pensábamos en ti. Nos íbamos haciendo compañía para creer que no estamos tan solos, de que tenemos los mismos miedos y hacernos a la idea, también, de que realmente no estás tan lejos.

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