jueves, 20 de enero de 2011

Que andaban del brazo de un tipo que nunca era yo.

Te bajaste en medio de un pueblo que nunca supimos como se llamaba, te molestaste que viniera coqueteando con cuanta mujer podía de retrovisor en retrovisor. Me gritaste que ni cuando era taxista fui capaz de hacerte cosas así. También argumentaste que era demasiado... ¿qué será de mi... (me escupiste en la cara) al llegar a la ciudad del pecado? No te contesté para variar y antes de azotar la puerta me dijiste que este silencio era el más explícito de todos los silencios entre tú y yo, que para cuando regresara, si me placía hacerlo, no encontraría ningún resto tuyo.

Te fui siguiendo y no me importó el tráfico que iba haciendo en esa pequeña calle. Nunca había visto tus pantorrillas tan enojadas conmigo pero tan excitantes, es como ver aquello que perdiste, el fruto del pecado, la carne del vecino, la mujer del prójimo. Sabía que ya no serías mía y no quería escapar ese último y fugaz encuentro. Te grité preguntándote por que ahí, porque cuando por fin tuve tiempo. Me dijiste metódica y altanera: porque este pueblo huele a café, tabaco y ron, tus tres aromas. Gritándote (para que todos nos escucharan) te cuestioné por qué el tabaco si nunca he fumado. Dijiste que con todos aquellos que me engañaste fumaban después de cogerte y en ese segundo de culpabilidad deseabas que ninguno de ellos fumaran y que te abrazaran por la espalda, besaran tu espina dorsal y se quedaran dormidos en tu hombro, justo como yo.

1 comentario:

  1. me dejo un nudo en el estomago, de esos como cuando tuviste pesadillas y despiertas sacado de onda, asi mismo.

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