jueves, 10 de febrero de 2011

Rompecráneos.

Hay ocasiones en que me dan ganas de mandar a chingar a su madre a todos. Pero la prudencia, esa arma de doble filo, siempre hace acto de presencia en los momentos más inadecuados.

Hoy por la mañana me dije a mi mismo: no más hacerle pito a los automovilistas... pero ya tenía el retrovisor roto, una llanta ponchada y un par de moretones en la cara... eso si, mi papá me enseñó a respetar las placas michoacanas, chihuahenses, neo leoneses y tamaulipecas. Me dijo que las guerrerenses son pura llamarada de petate, si hubiera sido una de las antes mencionadas habría aparecido en La Prensa y no con gafas obscuras en la chamba.

También pensé que me voy a abstener de tirar monedas de 10 centavos o 20 (según sea el caso) a los microbuseros asquerosos que se paren en segunda fila. Hacer una hora y media de mi casa al trabajo por la mañana no justifica mis actitudes iracundas e irracionales. Ayer salí a las cinco menos quince de la mañana e hice el mismo trayecto en 20 minutos (aproveche el tiempo extra en la oficina mirando porno antes de que llegara el de sistemas). La vida se divide en dos: intentar madrear al mundo entero o pararme muy temprano, dormir mal, no poder hacer ejercicio y engordar y enflacar, engordar y enflacar a toda castaña. Total, lo único que puedo obtener son unas pocas estrías aqui y allá. Nada que buenos 120 pesos más cuarto no sepan apreciar y si le pongo ganas y labia, lamer.

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