jueves, 3 de marzo de 2011

No me quejaré, no más...

Esta es la ocasión número 24 en seis años que digo que no me quejaré. Recuerdo bien la primera ocasión. Fue esa navidad en que me llevaron al putero ese de mala muerte sobre la Vía Morelos. Que ganas teníamos de calentarnos pero teníamos todavía más ganas de adrenalina. Paseamos por todos los lugares que pudimos de la avenida central entrando sin pagar nada. Argumentábamos que queríamos ver el ambiente y a los quince minutos de recibir miradas hostiles y de pocos amigos corríamos a la puerta de salida agitando en el aire los brazos y gritando un gracias, no nos gustó. Corríamos al VW Sedán 1976 que nos esperaba afuera, ustedes dos empujaban y yo al mando del timón metía el embrague (después te metía la lengua entre la boca a la fuerza, tu cerrabas la boca y era casi imposible besarte, cuando lograba que cedieras un poco me mordías la boca y la lengua tanto hasta sangrar pero me encantaba. Acto seguido me empujabas y te ibas contra mi a golpes, al verme sangrar te acercabas a mi tímidamente pero sin dejar de empuñar el desarmador por cualquier cosa, cuando bajabas la guardia el dorso de mi mano se impactaba, regularmente, debajo de tu pómulo y entre la barbilla, caías al suelo, llorabas y terminaba todo... te tumbaba en la cama, cerraba con llave y me largaba de ahí), la velocidad y le daba switch al que llamábamos mini cooper. Arrancaba y ustedes dos corrían, portezuela abierta y andando se subían. A buscar otro lugar.

La ansiedad llegó con el segundo juramento a las quejas no más, no words no more. Cuando después de chillarte mi última calamidad y decirte que había llegado así por culpa de mi existencia, mi derrotista manera de vivir, mi alumbramiento y mi manera tan rápida de decender al abismo sin siquiera haber disfrutado lo suficiente las mieles de la victoria. Tú, como siempre, me hablaste con desprecio para terminar cogiendo y bebiendo y mirando tv. Después nos poníamos a recitarnos poesía y a decir que mañana lunes nuestra vida sería distinta y haríamos todo mejor, buscaríamos empleos y rentaríamos un lugar decente, ese mismo que S. nos había recomendado y que nunca fuimos a ver. Llegaba el lunes y encontrábamos un buen motivo para recibirlo con los ojos abiertos, las pupilas dilatadas y la boca seca a las nueve de la mañana buscando que desayunar y como curar el dolor de un domingo que se convirtió en viernes que se volvió lunes, todo tan frenéticamente para terminar vomitando detrás de una maceta mientras "tu compadre" orinaba mi espalda y yo hacía aspavientos para quitármelo de encima. En ese momento algo parecido a la ira ardiente quemó mis entrañas y mis nervios, tendones y músculos. A partir de ahí todos los lunes a la misma hora siento como esa ira quema mi interior y se convierte en ansiedad, incontrolable, irrefrenable que sólo mis nudillos saben como terminará... golpeo lo que sea, aprieto los dientes, muerdo cuantos pechos puedo, aprieto mis testículos y en un momento, aparezco llorando en el rincón mientras alguien en el trabajo me pregunta: ¿se siente bien, joven...? porque necesito que me atienda ya.

El tercer monumental aviso contra las quejas fue en ese año en el que el ruido de las escaleras se dejó de escuchar, el ruido de las olas chocando dejó de emocionarnos y al abrir el cajón grité: quien me ha robado el mes de abril.

Siempre te dije que el mes de abril era mi canción y que a la vez era la felicidad... fueron muchas noches dedicadas a decifrar si yo era el del traje gris y si era cierto que el mes de abril es la felicidad. Desde aquellos años que no pierdo la conciencia y desde aquellos años siempre he terminado corriéndome. Un año más jurándote jurándome que no volveré a quejarme.

2 comentarios:

  1. Mucho mejor. Esta es una mejor manera de quejarse sin quejarse. ¿Apoco no se siente bien?

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  2. Cuánta razón tenías y tienes. No volveré a esa vieja y horrible tradición. Gracias

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