martes, 19 de abril de 2011

Viejos amigos (Born of frustration)...

Hoy me encontré con uno de esos que solías saludar e invitar una copa cuando jóvenes, caminata a la cantina, al bar, al putero, conversación kilométrica sobre tangas, culos y pitos. Yo desde ya era un joven oficinista, él, un joven deprimido, ensimismado y espantado por abrirle la puerta a la vida (aunque ocultaba todo ese miedo debajo del disfraz de un audaz y juvenil romántico empedernido). No hablo de más, al calor de varias copas de ron soltó el feroz: TE TENGO MIEDO...

Un hiatus es como el que vivimos tú y yo. Siempre nos prometimos triunfar y dejar nuestra huella en el mundo, nunca abandonar nuestras metas y jamás dejar que el barco se hundiera escapando con el primer salvavidas del buque puesto. Recuerdo cuando, con tono represor, me dijiste: jamás abandones los estudios. Cuestión que tu llevaste a cabo antes que yo.

Pues resulta que los encuentros suelen ser desafortunados. Yo cuando camino en medio del mercado haciendo las compras para sobrevivir suelo caminar con la cabeza gacha o enfocada en el verde del brocoli, en el rosado de las cabezas de cerdo colgantes, en el rojo de la sangre del pollo que ha sido partido en dos, en el café de los ojos de la joven que atiende entre frescas papayas y jugosos mangos. Evito las miradas que me juzgan, que me encolerizan preguntando el porque de mi momento de vaguedad. Y es que eso mismo hice en esta ocasión, me senté dándole la espalda a la entrada (cuando pequeño, mi padre, que fue el que me enseñó el arte de las cantinas y la prostitución, me dijo categóricamente: siempre siéntate mirando a la entrada del lugar, así, si algún rufían viene sobre ti, tendrás tiempo de tirarle la botella por la cara o levantar la mesa para generar confusión en lo que tomas tus güevos, los avientas y corres por tu bienestar).

En un momento determinado cuando reía a horcajadas alguien me tocó el hombro y me espantó levemente... levemente porque tenía a un par de guapuras frente a mi y tenía que ocultar todo atisbo de miedo en mi semblante, cuando volteé ahí estaba, sonriente como siempre aunque un poco más gordo, más sudado y más vulgar. Me preguntó inmediatamente por mi bienestar y por el nombre de aquellos dos soles que teníamos frente a nosotros, nos invitó a acercarnos a su mesa y departir con él y otros dos viejos conocidos.

El tomarme con la guardia baja provocó que mi mirada de indecisión hiciera que ellas le respondieran antes que yo, decidieron, sin tomarme en cuenta, sentarnos con ellos.

Mi silencio fue inversamente proporcional a su pedantería: que si es escritor de vanguardia, que como va mi hiatus (que ellos, obviamente, no conocen con este nombre), que cuando me decidiré a hacer las cosas, que por qué no les he llamado, que el por qué de mi distancia... muchísimas preguntas imposibles de responder para mi cortísimo criterio de lo que un interrogatorio es.

La noche terminó con una invitación a seguir con ellos, en otro lugar... más... más moderno. La cuenta fue larga y mi cartera corta, pues si... aquí el que ha perdido en la vida soy yo, aunque ellos tampoco son barbados para ya tenerla ganada. Perdí nuevamente contra el ganador.

Se llevaron las cuatro piernas que me acompañaban y mi dignidad. Les dije que probablemente a mi no me dejarían entrar pero que ellas seguramente querrían seguirse divirtiendo.

Al subir al viejo polo busqué el disco que desde que era joven (y podía asistir a lugares modernos) ponía a todo volumen a manera de triunfo, era mi propio trofeo y primer premio al ganador. Lo tomé con tanta fuerza que rompí la caja de plástico en el que está contenido.

The Queen is Dead comienza con una batería que cuando joven me hizo tocar en un grupito pequeño que hacía covers. Recordé con nostalgia esos tiempos, bajé la ventanilla y aventé lo más fuerte que pude esa grabación. Al prender la radio, casi al mismo momento que los limpiadores comenzaban su incansable movimiento, la vida me escupió en la cara... Born of Frustration.

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