martes, 3 de mayo de 2011

No quiero llegar... aún no.

A esta chingadera le encanta hacerme sentir menos. Siempre me pregunto como es que entre tantas personas seguimos sintiéndonos tan solos y seguimos pidiendo a gritos compañía.

Para mi comenzó mayo hoy. El mes me recibió con la clásica y siempre presente nostalgia, con una lluviosa madrugada y con una mañana fría, llena de nubes y filosa (justo como tú). Mi hábitat natural es el frio y los días humedos, aunque en días pasados disfruté de manera anormal el calor y el sudor (lo habría disfrutado más si hubieras accedido a sudar junto conmigo), eso no quiere decir que le esté siendo infiel a la lluvia y al acabar con los zapatos mojados, es sólo que al hacerte viejo aprendes a convivir con los demás climas. Incluso a gustarte y llevarte bien con ellos.

La entrada del mes me recordó lo insignificante que soy. La neblina justifica todo lo que digo. Se que soy demasiado quejumbroso, que me azoto por todo y que tengo un nivel de menosprecio personal de campeones, pero el frio calando los huesos y tus ojos siendo cegados, la inmensidad natural y el sentimiento de soledad partiéndote la madre por la espalda, me dan la razón.

El desenso fue fácil pero doloroso. Pensé más de mil veces: no quiero que te vayas, no... y tampoco quiero llegar, aún no. Quédate conmigo. Pero ni todos mis esfuerzos, ni todos mis pretextos fueron suficientes para terminar aquí, siendo nuevamente derrotado por la responsabilidad, que, a fechas recientes, se ha convertido en mi peor enemigo.

2 comentarios:

  1. Acaso crees que no nos haces falta. Hace falta tu sociabilidad, facilidad de palabra, conversación agradable y nunca, nunca un litro de pulque me ha sabido tan rico como contigo.

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