domingo, 8 de mayo de 2011

Todavía recuerdo que me decías que me gustaba caminar en el centro de la ciudad porque me convertía en uno más, que amaba el anonimato y el mutar en algo amorfo, algo casi completamente inanimado, moviéndome al ritmo de las olas del mar de cientos, miles de pies.

Sigo siendo llamado al mismo lugar como un imán casi diez años después de que me dijiste eso. Renovaron el viejo monumento en donde iba a ver a los viejos coger entre los arbustos y luego defecar y jugar con las ratas. Las calles llenas de grasa y de mugre ahora son otras, llenas de grasa y de mugre también, pero de esa que le gusta a la gente. Sigo caminando por las mismas calles que hace casi diez años pero ahora tiene más significado que nunca. Sigo bebiendo en los mismos lugares en los que me inicié en el arte del trago y la falda corta y sigo siendo igual de pendejo que hace diez años. La gente no cambia pero si la compañía. La luna tampoco cambia, pero esa noche era tan distinta que creí que si ella, que se veía tan distinta, podía lograr confundirme, yo podría confundirte a ti.

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