lunes, 30 de mayo de 2011

Y después... el mundo real.

Y es que no es nada fácil darse cuenta que cuando estaba completamente decidido ya se había ido. Ni siquiera supe si lo soñé porque de repente me encontré despierto en otra cama, en otra noche completamente distinta (sin luna), una noche fría. El candor de las noches anteriores durmiendo desnudos con las ventanas abiertas; el crujido del mar a la distancia desapareció. Mis ojos en la oscuridad dilataron sus pupilas al máximo para intentar reconocer el lugar. Mis oídos, bien abiertos, intentaban tratar de escuchar si te habías levantado por un vaso con agua o al sanitario a desperezarte un poco (casi te podía ver, mojando tu piel, humedeciendo tus labios y tu lengua jugueteando lentamente con el agua y tus dientes, como si fueran los de alguien más), pero no escuché nada, sólo la madera torciéndose, justo como tú la madrugada anterior.

Pero y si no fue nada cierto y sólo fue producto de mi imaginación. Cabía, en esa fría noche, la posibilidad de que todo hubiera sido sólo un sueño y es que sólo los sueños te dejan ese sabor en el cuerpo. Ese sabor dulce y terzo del sudor, del calor contenido y que no quieres dejar escapar.

A partir de ese momento, todas las noches me despierto a la misma hora y mis pupilas vuelven a dilatarse y mis oídos vuelven a estar alertas por si alcanzó a verte o siquiera a escucharte. Parece que a partir de ese momento todas las noches sueño lo mismo y siempre me despierto cuando estoy completamente decidido y ya no estás.

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