jueves, 23 de junio de 2011

Infinitesimal

La labor de parto debe ser un pequeño apocalipsis en la vida de cada una de las féminas que deciden embarazarse. La irrupción del llanto del producto que se gestó durante nueve meses en su interior debe ser como una explosión de alegría, más allá de la felicidad. Pararse con los estertores de la dilatación vaginal, tomarse del brazo de la parte que puso la semilla y acudir al cunero, ligeramente rengeante, a ver al heredero, sólo debe compararse con el momento en que toda la familia reunida a su alrededor, junto con un párroco que le absuelve de los pecados que no cometió, le observan, llorosos la mayoría, como se larga de aquí, mientras esa misma mujer que depositó todo su aliento en que el producto estuviera bien, ahora deposita su aliento en despojarse de la pesadez que él, y otros productos posteriores, le brindaron.


Ese producto, antes de convertirse en alcóholico, golpeador, malviviente y frecuente usuario de la prostitución nocturna de Puente de Alvarado, tuvo un crecimiento ejemplar; destetado apenas al par de meses, críado por la abuela materna, ingresado a la escuela preescolar a la corta edad de tres años dado que no hablaba ni avisaba para ir al baño. Callado e introspectivo (situación que conservó hasta entrado en años), gozó de la felicidad que las atenciones hacia un niño "raro" se pueden recibir. Disfrutaba de sonreírle a la gente hasta que le trajo consecuencias: dos dientes menos, un ojo hinchado y mucha frustración (nadie le avisó que no se le sonríe a las mujeres de faldas apenas debajo de la curvatura de las nalgas en ciudades fronterizas). Siempre disfrutó de las pequeñeces que le formaban y le daban vida y aún durante el velorio al que no acudió, estuvo recordando todas esos momentos insignificantes que le forjaron: tomado de la mano de su madre camino a la escuela preescolar, estar montado en la bicicleta vagabundo camino a casa, la ocasión que a los 5 se hizo el dormido para recargarse en una chica de más de 20 que le había atraído, la niña que le sonrió en el camión escolar y le sonrojó, la primer decepción, las múltiples huídas, la primer "buena" mamada, las blusas sin brassiere, la primer lluvia del verano, la impotencia, el dormir en la banqueta... y cuando creía que podría llorar después de tantos años, un niño venía viéndole detenidamente en medio del tráfico, se sonrieron y el niño se sonrojó y se volteó. Pensó si le habría llamado la atención la barba crecida, la cara enrojecida y agrietada por el alcohol o si tan sólo se vio a futuro. Duraron media hora haciéndose gestos... pensó que era muy fácil sonreír y verse feliz como ese pequeño de 5 años, como él de pequeño a los 5 años.

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