jueves, 28 de julio de 2011

Caminos de Michoacán y oídos que se van limpiando...

La primera ocasión que te saqué a bailar estábamos en la banqueta esperando a que te terminaras tu cigarrillo. Yo veía atentamente el movimiento de tus labios al hablar aunque no escuchara nada y la manera en como tu lengua se alinea con tus dientes para expulsar el humo. Ligeramente mareados por la proxémica me dijiste que si fumara me pasarías el humo de boca a boca y entonces le di el golpe, no al humo, ya dijimos que yo no fumo, le di el golpe a la saliva al haberme dicho eso. Sonreíste y me di cuenta que tú sabías lo que sentía por ti. En una explosión de creatividad extendí mi mano derecha hacia ti y me miraste con desconfianza, al tomarla te jalé hacia mi y puse la mano en tu cintura, la que quedaba al aire tu la sujetaste, borré todo rasgo de distancia y no quedó un sólo palmo de terreno entre los dos, dimos dos o tres pasos y la risa brotó espontánea. Nos miramos, jugamos a volvernos uno sólo y me dijiste: mi pretexto para bailar contigo era estar así de cerca; yo pensé: la noche existe para estar así de cerca, aunque todavía se puede más...

viernes, 15 de julio de 2011

Puntos débiles...

Lo encontraste sin esforzarte demasiado. Ahora sabes como hacerme sufrir; aunque hay niveles del sufrimiento y ayer te diste cuenta como me encanta esa sensación.

miércoles, 13 de julio de 2011

Cinismo y vicios

La primera ocasión que bailé contigo los nervios me desbordaban, salían de mi como olas buscando un nuevo cauce.

No es que sea indeciso, tan sólo nunca tuve la necesidad de ser yo el que invitara, el que diera el primer paso o el que tomara la iniciativa. Prefería ver la vida pasar con una pequeña vara de trigo entre mis dientes, el sombrero ligeramente gacho cubriendo el contacto de la luz del sol con mis ojos y una mueca de indiferencia en mi semblante (esa aún la conservo). Tampoco estoy diciendo que la suerte haya estado siempre de mi lado, dejé ir varias oportunidades por la indiferencia; pero esta ocasión... esta ocasión no podía dejarla pasar.

Desde la ultima vez que dije que no a un ofrecimiento de baile en la graduación de la prepa y tiraron sobre mi camisa blanca el ponche rojo sangre ligeramente aderezado por una turbia bebida alcóholica, me había prometido ausentarme de toda posibilidad de ser "sacado" a bailar pero esa noche se salió de mi control.

Desde que llegué y vi tu espalda desnuda apresuré los tragos para darme valor y soltura. Mi mueca de indiferencia y hartazgo se convirtió en una leve sonrisa cada que me volteabas a ver. Cada vuelta que dabas permitía ondular ligeramente el verde de tu falda y dejaba entrever un par de firmes piernas. Yo disimulaba y desviaba mi mirada y mi atención a la conversación que llevaba con alguien más. Las sonrisas y las miradas eran para ti pero las escondía en una disertación acerca de política económica bajo los nuevos regimenes económicos en la America Latina postmoderna que poco a poco fueron acabando en "comoesquelosamigosterminanodiándose". De un momento a otro tuve que voltear hacia donde tú estabas, copa en mano y me topé contigo de frente, tu mirada, tu sonrisa y tus labios que se movían cadensiosamente diciendo algo ininteligible para mi, estaba tan perdido en su forma, su textura y su grosor que no entendí palabra alguna que me dijiste; para disimular el no haberte puesto atención acerqué mi oído a tu boca para que me lo repitieras con más fuerza como si mi sordera fuera factor, grave error, lo único que provocó tu aliento cerca de mi oído fue sentir como tu boca subía por mi espina dorsal hasta depositarse en la nuca y erizar todos los miles de bellos en mi cuerpo; decías: vamos a bailar.

Mi torpeza se vió reflejada aunque mis manos supieron posicionarse rápidamente tomando tu espalda. Te rodee y te acerqué a mi convencido de lo que ambos queríamos, de lo que ambos necesitábamos. Yo no podía dejar de mirar nuestros pies por temor a abalanzarme sobre tu boca más que por no saber bailar. La canción duró un instante que se esfumó repentinamente y cuando nos separamos estaba agitadísimo, sentía como esos nervios se desbordaban, salían por el cuello de mi camisa, por la bragueta del pantalón, por todos lados y tú los veías escaparse de mi y me sonreías, esa sonrisa maliciosa que va acompañada de una ligera succión de labios recogiendo el exceso de saliva que te han dejado esos otros labios al separarse de los tuyos. Me separé de ti pensando que esos labios eran los mios y que por vez primera había dejado de ver la vida pasar y la había tomado apretándola por la espalda.

jueves, 7 de julio de 2011

Socializar...

No tenía esta sensación de extravío desde 1986.

Mi nivel de socialización está por los suelos, cuando abro la boca no sale nada, sólo emito un sonido gutural casi inaudible. No soy capaz de saludar, ni de despedirme, ni de participar, ni de involucrarme en nada... NADA.

Trace un esbozo de conversación con mis padres tratándoles de explicar la situación y lo único que recibí fue una mirada como la que hacía 22 años no tiraban sobre de mi y la última ocasión que lo hicieron fue cuando les dije, enjugándome las lágrimas, que les mandarían llamar de la primaria por haberme metido entre las piernas de una chica mayor que yo.

Venía repasando todas las ocasiones anteriores en que no pude hablar y recordé con nostalgia los años en que la verborrea era una constante cotidiana en mi andar. La gente me miraba con aprecio, me sonreían y sin revelármelo se decían entre ellos: "yo soy su amigo..." Repentinamente desperté de mi ensoñación cuando una camioneta ram más o menos modelo 1999, color verde militar, me dio un cerrón de los más temerarios que tenga memoria. Un joven que estaba sentado en el asiento trasero me venía viendo desde tiempo atrás (había notado su mirada; no se si me miraría con temor del sicópata que viaja conmigo), me sonrió ligeramente y el que iba al volante me gritó: güevos pinche puto, siendo que yo sólo activé la bocina. Al gritarme eso viré para seguirlo, cambié la ruta trazada en un principio, le alcancé, me bajé del coche, pequé en su ventanilla, la escupí, apreté los puños y los descargué sobre la portezuela sin dejarlo bajar. Cubierto de la lluvia nocturna de la ciudad y de las miradas atónitas de todos los demás conductores que viajaban sobre la Avenida de los Insurgentes.

Cuando me percaté que todos me veían me espanté y decidí irme no sin antes despedirme de mi espectador, pinté un corazón en la ventanilla mojada y le mandé un beso, arranqué, invadí el carril del metrobús y desaparecí como los cobardes, sin levantar la cara.
Pinche Falso Contreras, haces un chingo de falta.

domingo, 3 de julio de 2011

Siempre es tiempo para una Guinness...

Salimos pedísimos del pub, tanto que olvidamos que llevábamos el coche. Íbamos abrazados para evitar caernos en medio de la llovizna que avisaba que habíamos olvidado el paraguas en el lugar. Como siempre fuimos amuleto de fortuna, cuando entramos el lugar estaba vacío y cuando salimos estaba a reventar, no cabía un alfiler. Tal fue el agradecimiento que el encargado de la barra me invitó un anís, cortesía de la casa... Lo bebí de un sorbo y azoté el recipiente contra la barra labrada en madera, sonrío, sonreíste, sonreímos. Inmediatamente sentí el dulce subir por mis venas y depositarse en el corazón, en parte, y la otra parte en mi cerebro. Un brote de humildad tuve al darle las gracias y su sonrisa, deforme, me dijo que la noche me esperaba.

Tropezamos con la banqueta y caímos ambos de rodillas, al levantarnos lo vimos, de frente a nosotros estaba él. Aquel viejo que alguna ocasión nos presumió que daba clases en la Sorbona, una pequeña escuelita cerca de Ciudad Azteca. Maestro en Historia del Arte y encargado del área de Educación Artística en semejante escuela; nos miró con despreció, nos escupió encima y siguió su camino. Nosotros, que no podíamos hacer nada más que llorar, nos sujetamos de las manos, nos vimos a los ojos y nos juramos jamás volver a ser celosos el uno con el otro. Recuerdo como me dijiste: el kebap que nos comimos me está oprimiendo el corazón y las entrañas, sino en este mismo momento, hermano, te diría lo mucho que te amo.

viernes, 1 de julio de 2011

Respuesta...

Déjame en blanco, como bien que lo has estado haciendo. El negro déjalo para cubrir tus piernas, para quitarles el frío, para abrigarnos un poco, el negro que estaba en mi lo has teñido ya todo.

Dame ese beso sin tiempo, ni lugar ni prisa.

Se egoísta y si en mi está el poder darte lo que necesitas pídemelo, pídeme lo que quieras. Estoy dispuesto a darte lo que quieras de mi porque este remolino que siento dentro de mi te pertenece y sería yo todavía más egoísta si no te invito un poco de él.
"un beso que no tenga lugar, tiempo ni prisa"