jueves, 28 de julio de 2011

Caminos de Michoacán y oídos que se van limpiando...

La primera ocasión que te saqué a bailar estábamos en la banqueta esperando a que te terminaras tu cigarrillo. Yo veía atentamente el movimiento de tus labios al hablar aunque no escuchara nada y la manera en como tu lengua se alinea con tus dientes para expulsar el humo. Ligeramente mareados por la proxémica me dijiste que si fumara me pasarías el humo de boca a boca y entonces le di el golpe, no al humo, ya dijimos que yo no fumo, le di el golpe a la saliva al haberme dicho eso. Sonreíste y me di cuenta que tú sabías lo que sentía por ti. En una explosión de creatividad extendí mi mano derecha hacia ti y me miraste con desconfianza, al tomarla te jalé hacia mi y puse la mano en tu cintura, la que quedaba al aire tu la sujetaste, borré todo rasgo de distancia y no quedó un sólo palmo de terreno entre los dos, dimos dos o tres pasos y la risa brotó espontánea. Nos miramos, jugamos a volvernos uno sólo y me dijiste: mi pretexto para bailar contigo era estar así de cerca; yo pensé: la noche existe para estar así de cerca, aunque todavía se puede más...

2 comentarios:

  1. Sería un crimen olvidar algo así.
    Es enviciante esa proximidad, pero es más enviciante ese deseo de fundirse junto con la noche.

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  2. Fundámonos. Todo lo disfruto tanto contigo.

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