jueves, 1 de septiembre de 2011

Hawaii - Mumbai

Te dije que era una mala idea pero tu insististe, te alerté de que posiblemente no pasaría la prueba pero dijiste que sería excitante para los dos. Terminé cediendo sin muchos argumentos, realmente siempre había querido terminar entre tus piernas, que aunque ya había terminado así, esta ocasión sería "terminar entre tus piernas". Tiempo atrás había notado un poco de asco de tu parte hacia mis bramidos y mi sudor sobre de ti, nunca supe porque aceptabas mis manos ansiosas, nerviosas y, encima, rasposas, además mi aliento de hombre gordo y grasoso que fui, sobre todo conociendo tu debilidad por la firmeza, por lo excitante.

Yo lo era todo menos excitante... no no no, yo era nada, ni excitante, ni nada pero a ti te encantaba pasar tiempo conmigo. Te daba cierta seguridad mis canas y mi conocimiento acerca de motores de ocho cilindros en V. Hasta el último apretón del pescuezo recordé el primer momento en que te vi, era justamente cuando me preguntaba: ¿cuándo podré ir a Hawaii? Levanté mis pequeños ojos oscuros y te vi caminar dejando un halo de luz verdeazulada, moviendo tus caderas y las piernas al compás del movimieto terrestre. Siempre me pregunté si la tierra giraba gracias a que tú caminabas, seguiré con la duda. De todos los que te salieron al paso te acercaste con el que nadie daba un peso por él, si... conmigo.

Dentro del lugar lo primero que hice fue tirarme en la cama (todos los resortes crujieron al resistir más de 120 kilos de carnitas y barbacoa consumidos en 32 años de malas pasadas) y contemplar de cabeza el horizonte hermoso: un edificio gris lleno de oficinas; escritorios, ordenadores, botes de basura, lápices, plumas, botes para lápices y plumas, botes de basura para depositar botes para lápices y plumas cuando estas fueran consumidas en su totalidad. El inmueble permitía que apenas entraran unos cuantos rayos de sol a la habitación que nos asignaron. Vi que entraste al baño y yo pensé: que bote será tan grande para que cuando yo ya no sirva pueda contenerme... respuesta: ninguno.

Saliste del baño y revisaste tu delineado con soltura y naturalidad para traer el culo al aire. Tu caminabas y te paseabas por la habitación revisando todos los detalles, cerraste las cortinas y me preguntaste si me gustaba tanto el voyeur como para dejar a los oficinistas observar. Prendiste la tele y con un aire prepotente pediste mi opinión: ¿prendida o apagada, qué te relaja más? Te dije que no prestaba importancia y sacaste una película de tu Birkin. -Siempre te dije que vieras ésta y nunca me hiciste caso, ¡cabrón!

Cuando menos me di cuenta te tenía perniabierta frente a mi indicando el punto que me correspondía. Me acerqué tímidamente, con rubor en las mejillas y tú, con tu cara maliciosa y sonriente, esperaba el momento. Cuando deposité mi barbilla en tu rodilla sentí la presión de tu par de hermosas pantorrillas en mi gañote. Te tenía agarrada por las nalgas con fuerza y lentamente fui soltando. Se saltó ligeramente una vena en tu cuello y yo me mantuve calmo hasta el final, pensé que no debía de desmayarme antes sino creerías que ya habría sucedido y todo sería una farza.

En el último respiro te vi caminar dejando un halo de luz verdeazulada, moviendo tus caderas y las piernas al compás del movimieto terrestre, justo como la ocasión en que te conocí. Iba entrecerrando los ojos lentamente y veía tu expresión feliz, sincera. Al cerrarlos sólo te veía a ti untándote el bronceador y yo preguntándome: ¿cuándo podré ir a Hawaii...? Ayyyy...

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