domingo, 4 de septiembre de 2011

La insoportable levedad del domingo...

Habíamos quedado en una tregua; ni tú ni yo nos molestaríamos y lo sabías, había quedado todo bien claro. Desde ese acuerdo me levantaba sin pesadez, con tranquilidad y sin complicaciones. Después de la ducha secaba mis pies de duende y los frotaba con cariño, abría la ventana y como esquimal sentía el frío recorrer mi pecho, un ligero aire de enfermedad vacilaba entre mis poros pero nunca se depositaba del todo. Corría escaleras abajo hasta llegar al jardín, descalzo aún me perdía entre la espesura del verde olivo, pensaba en seguir jugueteando pero sabía que tenía que irme antes de que me vieran. Durante el trayecto me detuve mil y un veces a marcarle por teléfono, todo esto durante nuestra tregua, le marqué porque estabas nublado, porque estabas soleado, porque estabas de buen humor, porque no había tráfico y también porque hubiera, porque me estabas dando los mejores momentos de la semana. Del otro lado el teléfono nunca fue descolgado o tal vez adrede marcaba mal, no lo se.

Hoy irrumpiste mi paz. Domingo, eres un hijoputa. Tan bien que nos había salido todo hasta hoy, por qué llegaste a recordarme que eres Domingo. Hoy tal vez sólo su sonrisa me pondría de buen humor pero seguramente no me sonreiría por tu culpa, porque también se estaría dando cuenta de que hoy es domingo...

3 comentarios:

  1. El lector imagina, fantasea, reinventa los motivos del texto, hasta que sabe algo del autor y se aclara el paisaje...me pasa eso con tus escritos, gracias...

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  2. No me cansaré de decir que me encanta como escribes ...

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  3. Finalmente si nos sonreímos y mucho... :)
    No me cansaré de decir que me encantas!

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