domingo, 11 de septiembre de 2011

Las hilos de saliva fueron cayendo sobre las venas hinchadas, tan exaltadas que parecía que terminarían por romper la piel. Con la mano cubrió por completo; cada centimetro reseco era lubricado. La saliva estaba rendida al placer, la firmeza era casi dolorosa, extenuante. Un ardor casi exquisito comenzó a surgir, la agitación era intensa, el movimiento sutil. La mano, suave y conocedora, hacia lo suyo de manera magistral. El dolor cedió y para convertirse en placer. La sangre continuaba brotando y coloreaba las sábanas blancas, contraste total, infinito, delicioso.

Miradas, sudor, miedo y finalmente la sangre. Fluyendo por la piel; mostrando lo débiles que somos y el placer que nos provoca.

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