lunes, 31 de octubre de 2011

¿Es válido acordarse de alguien que ni siquiera te conoce, sentir nostalgia por esa persona...? ¿Es valido dejar a medias algo que ni siquiera has comenzado, no terminarte de tomar el café que no has preparado?


miércoles, 26 de octubre de 2011

Loveseat...

Me levanté del love seat que adormecía ligeramente mis nalgas. La más de media docena de copas de esa exhuberante bebida del centro sudeste norteamericano me tenía físcamente amainado. Traté de levantarme con la mayor naturalidad posible. Siempre me jacté de tener un poderío alcóholico envidiable y esta situación me abochornaba. Al estar en pie, apoyé mi mano en el respaldo sin darme cuenta que estaba la mano de la cuñada del anfitrión; la sentí suave y terza, ligeramente apiñonada y un poco regordeta: la imaginé apretando mi falo y sacudiéndolo en ese hermoso ritual post urinal. Cruzamos miradas pero mi líbido estaba por los suelos y el de ella lo tenía hasta la parte más alta de su flequillo risueño. Me impresionó y mi mirada tiró hacia ese lado donde dicen los estudiados que tira cuando mentimos. Retiró su mano ligera, con suavidad, como si supiera que yo la estaba sintiendo debajo de la bragueta y no debajo de mi palma. Intercambiamos sonrisas leves, insinuantes. Caminé siguiendo el color de los mosaicos para disimular mi estado, sabía que todos me miraban mientras caminaba pasillo adentro en dirección al sanitario.

Esos 5.3 metros que separan la sala de estar con la puerta de entrada al baño me pareció infernalmente larga. Los libros que adornan los abarrotados libreros del pasillo y el par de puertas que asoman a las habitaciones de los respectivos hijos del anfitrión me hundieron en una oscuridad deprimente. Husmee ligeramente en uno y te alcancé a ver, la mano de él deslizaba vorazmente de tu espalda baja a tus nalgas y tú sentiste mi mirada. Volteaste e inmediatamente apuré mi paso a la puerta del baño. Cerré rápidamente, bajé el cierre, expuse al aire helado -que proporcionaba la ventana que daba al jardín- mi verga. Al terminar lavé mis manos y llamó poderosamente mi atención una diminuta copia de la Divina Comedia, versión para infante bachiller, que descansaba sobre las toallas. La tomé y al comenzar a hojearla tocaron a la puerta. Betty me había hecho olvidar que te había visto ser manoseada por él mientras su cuñada me invitaba a mamármela y su esposa coqueteaba con el viejo que siempre me había caído mal. Abrí y eras tú. En la oscuridad deprimente del pasillo te mostré el ejemplar que sostenía en la mano y antes de encender la vorás luz que inundaría el pasillo dando muerte a todos los asistentes, me empujaste al baño sin que él diera con nosotros. Al entrar, rápidamente bajaste tus coquetas y pequeñas pantaletas, me dejaste entrever la orilla de la liga que apretaba tus muslos y te sentaste; dejaste caer un chorro de lluvia de entre tus piernas y mi fascinación te hizo reír.

Mientras lavabas tus manos yo, inherte, miraba la forma de tus nalgas. Me las imaginaba envueltas en una toalla, húmedas, recién lavadas, envueltas también en papel de celofán, listas para ser regaladas. Observaba con atención tus pantorrillas, bien torneadas por esos años de educación en la danza y el baile, ligeramente tenzas por la presión de los tacones. Volteaste y al verme volviste a reír. La belleza de tus labios me regalaron, junto a tus dientes imperfectos, una ligerísima marca en mi delicada piel del cuello. Mordida que después de tantos años no logro olvidar. Te diste media vuelta y te fuiste, afuera ya teníamos auditorio. La cuñada al verla salir le regaló un "cuánto tardaste" al verme sentado dentro me miró fúrica y atestó semejante cachetadón (que en mi pueblo le llaman guajolotera) y tocándose me reprochó de todo lo que me había perdido y a puntapies me sacó del baño. En el pasillo de luz mortecina me esparabas tú. Volviste a reír y moviste la cabeza en señal de reproche. Yo regresé a mi asiento y tú volviste tu cintura a donde, según yo, no pertenece: sus manos.


Mientras jugaba con los hielos dentro del vaso tamaño doble me pregunté: ¿hasta cuando voy a olvidar la forma de esas pantorrillas? Te regalé un salud. Todos voltearon a verme; brindo por tus pantorrillas pensé... todos devolvieron el salud. Te sonrojaste.

martes, 25 de octubre de 2011

Let's stay home
It's cold outside
And I have so much
To confide you...

With or without words
I'll confide everything...
Body and soul come together
As we come closer together
 

martes, 18 de octubre de 2011

Sueño nostalgia...

Nostalgia es seguir dando vueltas para no dejar de ver el número 136. Abrir los brazos, sentir el aire y aullar. Seguir pedaleando hacia casa y sentir que doy vueltas en círculos, volver a ver el 136 y pedalear más fuerte para llegar rápido y volver a ver el 136. Sentir que la vida es un sueño y que en algún momento tenemos que despertar. En algún momento el pintor, como Pao Cheng, nos dejará de ver desnudos y el sueño terminará. El problema es que hoy me desperté y me di cuenta que continuaba bajo esa ensoñación. No creo que me sea tan problemático continuar adormilado, presa de la narcolepsia que me provoca quedarme dormido en el estacionamiento del vips; que cuando abra los ojos estés dormida en mis piernas, dejarme dominar por el sueño y volverlos a cerrar, volver a parpadear y sentir tu mirada metida en mi, tu despierta yo dormido o tu dormida y yo soñando. No se.

Cuando finalmente creí que estaba despierto me di cuenta que seguía soñando, ese sueño que cuando era pequeño me enseñaron a soñar. El de ver la ciudad a media luz, con una tonalidad rosada en el cielo. Mi padre sujetándome de la mano y con la otra mostrándome y enseñándome cada punto luminoso de la ciudad. Eso ya te lo sabes de memoria, porque, no se si en el sueño o en la realidad, estuviste ahí conmigo.

martes, 4 de octubre de 2011

Paranoia...

Paranoia es la que siento al no estar frente a ti. Mi carne siente ese estertor que produce cada que me muerdes la espalda y que nunca había sentido antes. Es como si tus manos ardientes, envueltas en fuego se metieran desde mis talones y acabaran siendo arrancadas por la nuca. Me vuelvo millones de hilos y todo caen heterogeneos al suelo, de mil colores; verdes y azules son los que predominan. Caigo como muñeco de trapo y trato de contenerme pero lo único que me contiene son tus manos y tus dientes clavados ansiosamente en mi hombro.

Paranoia es la que siento cuando no se nada de ti. Aunque haya hablado justo un minuto antes, esos sesenta segundos que ya han transcurrido se han convertido como en toda una vida para mi. Soy como el insecto que desarrolla toda una vida de nacimiento/reproducción/muerte en sólo sesenta segundos tuyos. En ese minuto yo ya tuve la capacidad de morir en ti y volver a renacer.

Paranoia es la que siento cuando todo me recuerda tu persona. Textos, melodías, momentos, pisadas. Estás tú convertida en todo. Todo eres tú y no hay nada que no tenga tatuada tu imagen. Veo tus medias por allá y tus pantorrillas por acá. Tu mirada se clava en mi nuca y tus manos en mis piernas. Volteo para buscarte y no estás ahí; entonces un aire que me marea juega con mi cara y me transporta entre miles de máscaras, todas y ninguna eres tú. Lo se porque no logro reconocer tus pies descalzos.

Paranoia es la que siento cuando amenazas con matarme y con agrado te lo pido. Tus piernas aprietan un poco y lo único que me traen es placer. La muerte nunca llega y la vida es más vida que nunca. Comienzo a confundir la paranoia con la vida y la vida contigo.