miércoles, 26 de octubre de 2011

Loveseat...

Me levanté del love seat que adormecía ligeramente mis nalgas. La más de media docena de copas de esa exhuberante bebida del centro sudeste norteamericano me tenía físcamente amainado. Traté de levantarme con la mayor naturalidad posible. Siempre me jacté de tener un poderío alcóholico envidiable y esta situación me abochornaba. Al estar en pie, apoyé mi mano en el respaldo sin darme cuenta que estaba la mano de la cuñada del anfitrión; la sentí suave y terza, ligeramente apiñonada y un poco regordeta: la imaginé apretando mi falo y sacudiéndolo en ese hermoso ritual post urinal. Cruzamos miradas pero mi líbido estaba por los suelos y el de ella lo tenía hasta la parte más alta de su flequillo risueño. Me impresionó y mi mirada tiró hacia ese lado donde dicen los estudiados que tira cuando mentimos. Retiró su mano ligera, con suavidad, como si supiera que yo la estaba sintiendo debajo de la bragueta y no debajo de mi palma. Intercambiamos sonrisas leves, insinuantes. Caminé siguiendo el color de los mosaicos para disimular mi estado, sabía que todos me miraban mientras caminaba pasillo adentro en dirección al sanitario.

Esos 5.3 metros que separan la sala de estar con la puerta de entrada al baño me pareció infernalmente larga. Los libros que adornan los abarrotados libreros del pasillo y el par de puertas que asoman a las habitaciones de los respectivos hijos del anfitrión me hundieron en una oscuridad deprimente. Husmee ligeramente en uno y te alcancé a ver, la mano de él deslizaba vorazmente de tu espalda baja a tus nalgas y tú sentiste mi mirada. Volteaste e inmediatamente apuré mi paso a la puerta del baño. Cerré rápidamente, bajé el cierre, expuse al aire helado -que proporcionaba la ventana que daba al jardín- mi verga. Al terminar lavé mis manos y llamó poderosamente mi atención una diminuta copia de la Divina Comedia, versión para infante bachiller, que descansaba sobre las toallas. La tomé y al comenzar a hojearla tocaron a la puerta. Betty me había hecho olvidar que te había visto ser manoseada por él mientras su cuñada me invitaba a mamármela y su esposa coqueteaba con el viejo que siempre me había caído mal. Abrí y eras tú. En la oscuridad deprimente del pasillo te mostré el ejemplar que sostenía en la mano y antes de encender la vorás luz que inundaría el pasillo dando muerte a todos los asistentes, me empujaste al baño sin que él diera con nosotros. Al entrar, rápidamente bajaste tus coquetas y pequeñas pantaletas, me dejaste entrever la orilla de la liga que apretaba tus muslos y te sentaste; dejaste caer un chorro de lluvia de entre tus piernas y mi fascinación te hizo reír.

Mientras lavabas tus manos yo, inherte, miraba la forma de tus nalgas. Me las imaginaba envueltas en una toalla, húmedas, recién lavadas, envueltas también en papel de celofán, listas para ser regaladas. Observaba con atención tus pantorrillas, bien torneadas por esos años de educación en la danza y el baile, ligeramente tenzas por la presión de los tacones. Volteaste y al verme volviste a reír. La belleza de tus labios me regalaron, junto a tus dientes imperfectos, una ligerísima marca en mi delicada piel del cuello. Mordida que después de tantos años no logro olvidar. Te diste media vuelta y te fuiste, afuera ya teníamos auditorio. La cuñada al verla salir le regaló un "cuánto tardaste" al verme sentado dentro me miró fúrica y atestó semejante cachetadón (que en mi pueblo le llaman guajolotera) y tocándose me reprochó de todo lo que me había perdido y a puntapies me sacó del baño. En el pasillo de luz mortecina me esparabas tú. Volviste a reír y moviste la cabeza en señal de reproche. Yo regresé a mi asiento y tú volviste tu cintura a donde, según yo, no pertenece: sus manos.


Mientras jugaba con los hielos dentro del vaso tamaño doble me pregunté: ¿hasta cuando voy a olvidar la forma de esas pantorrillas? Te regalé un salud. Todos voltearon a verme; brindo por tus pantorrillas pensé... todos devolvieron el salud. Te sonrojaste.

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