martes, 27 de diciembre de 2011

Ausencia

Cuando Bregovic tocó Ausencia en el Teatro de la Ciudad lloré. No pude evitarlo y corrieron las lágrimas. Recordé cuando también lloré con Underground y el llanto de Marco Zuluaga en Hable con Ella. No soy alguien a quien le guste que lo vean llorar pero no me importó.

Ahora que Evora está muerta un pequeño dolor en el estómago me embriaga. Es como si la muerte anduviera rondando este lugar. Hace apenas unos días también leí una sinópsis que decía: cuando el pensar como morir te hace comenzar a vivir. La muerte y la fascinación que tengo por ella...

El fin de semana fue de un mar de sensaciones. Una abuela me hizo sentir nieto nuevamente. Recordé a la que no le lloré su ausencia físicamente, pero que espiritualmente le he llorado por muchas noches y muchas tardes en las que no he tenido su consejo y su apoyo. Pero esa otra abuela que no es mía, me hizo sentir ese calor que sólo ellas pueden dar: las dos manos sujetas y el calor y las palabras sabias que sólo los viejos saben dar, después el calor de un abrazo sincero  sin pretención alguna sólo brindando calor. Irremediablemente de camino a casa recordé a mi ausente y lloré, como cuando Bregovic y como cuando no le pude llorar y no me paré en su despedida.


lunes, 26 de diciembre de 2011

Egoísmo

Siempre me dijeron que era un egoísta de alto pelo, siempre pensé lo contrario y a la fecha lo sigo pensando. En últimas fechas el egoísmo ronda mi cabeza con fuerza, tanta que siento que me golpea.
Me da miedo pensar que busco el reconocimiento de las personas. Hoy por la mañana en medio de la ducha lo sentí y me desconcertó un poco. ¿Cómo es posible que alguien que está acostumbrado a dar por amor, busque el reconocimiento en los actos de las demás personas?

Están destapando la coladera de mi interior y están saliendo todo tipo de asquerosidades que no me conocía. ¿Cómo lidiar con aquel que eres y que no sabías que lo eras o que siempre intentaste ocultarlo? Me está costando trabajo pero por primera ocasión en mi vida estoy decidido a no dejar las cosas inconclusas, quiero quitar de mi biografía personal la única palabra que llena mi vida: inconstancia.


Dudas...

jueves, 15 de diciembre de 2011

Bilongo...

La recta final de la versión de La Negra Tomasa de Los Caifanes es de una belleza sin igual. Además de remitirme a mis niñez, esa niñez solitaria, llena de recuerdos agridulces pero hermosos, esa niñez ochentera, en la que nada ni nadie sabía que existíamos; esa de programas infantiles radiofónicos, esa de cariños por parte de gente adulta, de pocos amigos y de muchas sensaciones. Eso es el famoso Bilongo. Es un encanto, es un embrujo, es un juego de hechiceros nocturnos, taciturnos, de movimientos lentos, acompasados como el sexo, como una pelea, como caminar lentos y parcos por la noche en algún barrio bravo, en alguna callejuela desconocida, en tus piernas, en tus nalgas y en tu espalda; barrio bravo por antonomasia. Si, es referencia sexual, abierta y puerilmente carnal. Invita a recorrer cuerpos y a sentir pieles llenas de arrugas, de la inclemencia del tiempo. De saliva apagando el fuego enterno del cuerpo caliente aún en medio del frío. Es la exquisitez de la unión de opuestos. El himno de la oscuridad a la que me remiten los ochentas, como una película en blanco y negro me parece esa hermosa década, la que, erroneamente, me vio nacer, me vio crecer y me vio forjarme. Epítome de una de las bandas más importantes de la música mexicana.

El cerrar círculos me ha costado casi la vida misma. Ha sido el acto de NO escapismo más complejo de la historia de la humanidad sobre todo para alguien que, como yo, estaba acostumbrado a escapar, a olvidar y a dejar un desmadre atrás conforme iba pasando o corriendo (según era el caso). El viernes ha sido el que hasta el momento más me ha costado trabajo. Traer los ojos vendados y andar por la vida caminando tranquilo sin querer ver, es el mayor acto de vileza emocional y personal que pueda existir. Cuando los abres y te das cuenta de que estás traicionando a todo lo que crees, todo lo que eres y todo lo que pensabas que era correcto, la moral se va hasta el suelo y los pensamientos revolotean fatalistamente. El darte cuenta que la música forma parte de algo que no eres, que nunca fuiste y, que en algunas ocasiones, intentaste ser sin realmente quererlo, el golpe atestado es durísimo. Sentí que el más grande de los púgiles (esos salvajes seres antinaturales hinchados en músculos y negritud casi divinas) tendía sobre mi su más ágil gancho, su upper más atroz y que su izquierda, siempre pendiente de cubrir la zona hepática, ni siquiera estaba en guardia, golpeaba sin rigor. Cuando besé la lona de los circulos que se cierran y pensé que iría directo a la morgue sin pasar por enfermería, tu mano me sujetó. Mis ojos hinchados en llanto y sangre no me permitían ver bien a distancia. La sanación del que cura con las manos me tocó. Pero esta fue la sanación de la que cura con los ojos, con las manos y con el olor. Tu cabello se entrelazó con mis heridas purulentas y sané de a poco. Gracias por haber estado en ese momento tan complicado, tan del pasado, tan del adiós y del hola al mismo tiempo. Discúlpame por haberte expuesto a la golpiza, pero a la vez agradezco tu valor para no haber dado ni un paso atrás, por haber estado ahí, al pie del cañón, hasta el final. Por haber soportado eso de lo que tanto nos quejamos, por lo que tantas veces hemos vomitado. Sin ti en ese momento, sin ti en estos momentos, simplemente seguiría vendado, con el hueco en el estómago, pero sin el valor para confrontar nada. Te llevas el crédito de la dirección de esta película interminable, infinita.

Me ayudaste a cerrar otro círculo como aquel cuando me jalaste y cerraste la puerta, afuera se quedó uno, bien cerrado y dentro nos quedamos tú y yo, disfrutando del presente como nunca lo había hecho...

viernes, 2 de diciembre de 2011

Es mal tiempo para soñadores...

If I could see something
You can see anything you want boy
If I could be someone
You can be anyone, celebrate boy
Well if I could do something
You can do something
If I could do anything...

But... can you do something out of this world?

No big deal...

Abro el closet y no me pongo lo primero que encuentro, busco esa vieja camisa negra que caminó por tantos lugares hasta cansarse conmigo, de mi. Me sigue gustando, el negro sigue siendo parte de mi. Al tocar mi torso desnudo, el frío de el algodón y el olor a humedad se junta con el candor de mi piel y lo áspera de ésta. Mi piel no es la más cuidada pero tiene lo suficiente para satisfacer al más exigente. Al ir insertando cada uno de los botones en su respectivo lugar el olor a satisfacción se esparece por todas esas neuronas faltas de serotonina. Pienso en ti y en como me recibirás, me miro al espejo y mis cansados ojos aprueban lo que ven, ligeros nervios siento, pareciera que me estoy vistiendo para mi funeral o para matarte. El calzarme los zapatos es tan duro como ponerme pantimedias; ahora respeto más a las mujeres que sudan gota a gota en el duro ejercicio de enfundarse en medias. Vuelvo a pararme al espejo y roto mi cuerpo un cuarto para verme por completo. Miro mis zapatos lustrados, mi pantalón que se ciñe a mi cada vez más delgado cuerpo, acomodo un poco mi rebelde cabello y unto un poco de crema para después de afeitarse. Me acerco y toco mi barbilla, deciendo por el cuello y observo algunos lunares, casi no me reconozco, se que ahí dentro está el mismo que hace años usaba esta misma camisa con diferentes intenciones que las de ahora; trato de encontrarlo, urgo en la mirada, nos observamos, estamos los dos frente al espejo pero no alcanzo a identificar que es lo que quiere, que busca. Lo encaro y lo reto. No pierdo detalle de su mirada, ligeramente brusca y burda. Hasta donde yo recuerdo mi mirada estaba cansada y ligeramente caprichosa. La de él es agresiva y violenta, dura como la de mi padre. Doy un paso para atrás y ambos comenzamos a tocarnos, al mismo tiempo tocamos nuestros penes, subimos y mostramos la hebilla del cinturón, revisamos el abultamiento del vientre, rodeamos el ombligo y recalamos en las costillas, más notorias las de él que las mías. Me volteo porque sentí tu respiración detrás de mi, al volver con él, ahí está, regresando la vista de su espalda hacia mi. Me vuelvo a acercar hasta casi besarnos, se tocan nuestras narices, fría la de él, calida la mía. Le toco y me permite hacerlo, me quedo en sus ojos, sus oidos y el lunar que está debajo de su ojo izquierdo; él hace lo mismo conmigo. Comienza a llorar e intento calmarlo sin resultado positivo, se da la media vuelta, se desnuda frente a mi y hasta entonces escucho tu voz que le invita a volver a la cama. Antes de hundirse entre las cobijas me regala una sonrisa y entonces veo como tus manos le tocan la cara, tu nariz recorre su cuerpo oliéndome. Volteo a mi cama y no estás, me desnudo, me descalzo y vuelvo a la carga sobre mi colchón. Espérame que llegaré un poco tarde, se que tú todavía estás dormida.