jueves, 15 de diciembre de 2011

Bilongo...

La recta final de la versión de La Negra Tomasa de Los Caifanes es de una belleza sin igual. Además de remitirme a mis niñez, esa niñez solitaria, llena de recuerdos agridulces pero hermosos, esa niñez ochentera, en la que nada ni nadie sabía que existíamos; esa de programas infantiles radiofónicos, esa de cariños por parte de gente adulta, de pocos amigos y de muchas sensaciones. Eso es el famoso Bilongo. Es un encanto, es un embrujo, es un juego de hechiceros nocturnos, taciturnos, de movimientos lentos, acompasados como el sexo, como una pelea, como caminar lentos y parcos por la noche en algún barrio bravo, en alguna callejuela desconocida, en tus piernas, en tus nalgas y en tu espalda; barrio bravo por antonomasia. Si, es referencia sexual, abierta y puerilmente carnal. Invita a recorrer cuerpos y a sentir pieles llenas de arrugas, de la inclemencia del tiempo. De saliva apagando el fuego enterno del cuerpo caliente aún en medio del frío. Es la exquisitez de la unión de opuestos. El himno de la oscuridad a la que me remiten los ochentas, como una película en blanco y negro me parece esa hermosa década, la que, erroneamente, me vio nacer, me vio crecer y me vio forjarme. Epítome de una de las bandas más importantes de la música mexicana.

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