jueves, 15 de diciembre de 2011

El cerrar círculos me ha costado casi la vida misma. Ha sido el acto de NO escapismo más complejo de la historia de la humanidad sobre todo para alguien que, como yo, estaba acostumbrado a escapar, a olvidar y a dejar un desmadre atrás conforme iba pasando o corriendo (según era el caso). El viernes ha sido el que hasta el momento más me ha costado trabajo. Traer los ojos vendados y andar por la vida caminando tranquilo sin querer ver, es el mayor acto de vileza emocional y personal que pueda existir. Cuando los abres y te das cuenta de que estás traicionando a todo lo que crees, todo lo que eres y todo lo que pensabas que era correcto, la moral se va hasta el suelo y los pensamientos revolotean fatalistamente. El darte cuenta que la música forma parte de algo que no eres, que nunca fuiste y, que en algunas ocasiones, intentaste ser sin realmente quererlo, el golpe atestado es durísimo. Sentí que el más grande de los púgiles (esos salvajes seres antinaturales hinchados en músculos y negritud casi divinas) tendía sobre mi su más ágil gancho, su upper más atroz y que su izquierda, siempre pendiente de cubrir la zona hepática, ni siquiera estaba en guardia, golpeaba sin rigor. Cuando besé la lona de los circulos que se cierran y pensé que iría directo a la morgue sin pasar por enfermería, tu mano me sujetó. Mis ojos hinchados en llanto y sangre no me permitían ver bien a distancia. La sanación del que cura con las manos me tocó. Pero esta fue la sanación de la que cura con los ojos, con las manos y con el olor. Tu cabello se entrelazó con mis heridas purulentas y sané de a poco. Gracias por haber estado en ese momento tan complicado, tan del pasado, tan del adiós y del hola al mismo tiempo. Discúlpame por haberte expuesto a la golpiza, pero a la vez agradezco tu valor para no haber dado ni un paso atrás, por haber estado ahí, al pie del cañón, hasta el final. Por haber soportado eso de lo que tanto nos quejamos, por lo que tantas veces hemos vomitado. Sin ti en ese momento, sin ti en estos momentos, simplemente seguiría vendado, con el hueco en el estómago, pero sin el valor para confrontar nada. Te llevas el crédito de la dirección de esta película interminable, infinita.

Me ayudaste a cerrar otro círculo como aquel cuando me jalaste y cerraste la puerta, afuera se quedó uno, bien cerrado y dentro nos quedamos tú y yo, disfrutando del presente como nunca lo había hecho...

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