viernes, 2 de diciembre de 2011

No big deal...

Abro el closet y no me pongo lo primero que encuentro, busco esa vieja camisa negra que caminó por tantos lugares hasta cansarse conmigo, de mi. Me sigue gustando, el negro sigue siendo parte de mi. Al tocar mi torso desnudo, el frío de el algodón y el olor a humedad se junta con el candor de mi piel y lo áspera de ésta. Mi piel no es la más cuidada pero tiene lo suficiente para satisfacer al más exigente. Al ir insertando cada uno de los botones en su respectivo lugar el olor a satisfacción se esparece por todas esas neuronas faltas de serotonina. Pienso en ti y en como me recibirás, me miro al espejo y mis cansados ojos aprueban lo que ven, ligeros nervios siento, pareciera que me estoy vistiendo para mi funeral o para matarte. El calzarme los zapatos es tan duro como ponerme pantimedias; ahora respeto más a las mujeres que sudan gota a gota en el duro ejercicio de enfundarse en medias. Vuelvo a pararme al espejo y roto mi cuerpo un cuarto para verme por completo. Miro mis zapatos lustrados, mi pantalón que se ciñe a mi cada vez más delgado cuerpo, acomodo un poco mi rebelde cabello y unto un poco de crema para después de afeitarse. Me acerco y toco mi barbilla, deciendo por el cuello y observo algunos lunares, casi no me reconozco, se que ahí dentro está el mismo que hace años usaba esta misma camisa con diferentes intenciones que las de ahora; trato de encontrarlo, urgo en la mirada, nos observamos, estamos los dos frente al espejo pero no alcanzo a identificar que es lo que quiere, que busca. Lo encaro y lo reto. No pierdo detalle de su mirada, ligeramente brusca y burda. Hasta donde yo recuerdo mi mirada estaba cansada y ligeramente caprichosa. La de él es agresiva y violenta, dura como la de mi padre. Doy un paso para atrás y ambos comenzamos a tocarnos, al mismo tiempo tocamos nuestros penes, subimos y mostramos la hebilla del cinturón, revisamos el abultamiento del vientre, rodeamos el ombligo y recalamos en las costillas, más notorias las de él que las mías. Me volteo porque sentí tu respiración detrás de mi, al volver con él, ahí está, regresando la vista de su espalda hacia mi. Me vuelvo a acercar hasta casi besarnos, se tocan nuestras narices, fría la de él, calida la mía. Le toco y me permite hacerlo, me quedo en sus ojos, sus oidos y el lunar que está debajo de su ojo izquierdo; él hace lo mismo conmigo. Comienza a llorar e intento calmarlo sin resultado positivo, se da la media vuelta, se desnuda frente a mi y hasta entonces escucho tu voz que le invita a volver a la cama. Antes de hundirse entre las cobijas me regala una sonrisa y entonces veo como tus manos le tocan la cara, tu nariz recorre su cuerpo oliéndome. Volteo a mi cama y no estás, me desnudo, me descalzo y vuelvo a la carga sobre mi colchón. Espérame que llegaré un poco tarde, se que tú todavía estás dormida.

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