martes, 31 de enero de 2012

Mile End

Hace doce años y 31 días se acabó el milenio. Que distante suena. Ni bailé con Pérez Prado ni Sonia López me cantó al oído. Nunca tuve las piernas de Lilia Prado en mis hombros y jamás encontré los puros Ornelas que mi padre regaló en mi nacimiento.

Me despertaron con base en puntapies. Mi cabeza todavía estaba en su versión más explosiva y las moscas seguían reboloteando alrededor de tu maraña de cabellos. Tenía que levantarme ya, el taxi nos esperaba abajo, apenas me daba cuenta que los excesos de anoche era para despojarnos la culpa, bendita culpa. Revisé mi startac y noté la fatídica fecha: primero de enero de 2000; la hora exacta: 8:58 de la mañana. Apenas habría dormido un par de horas. Me asomé por la ventana para de un chiflido avisar al taxista que esperara cinco minutos más y ante mis ojos estaba lo que todos estaban esperando: Y2K

Me causa asombro recordar que el maravilloso Peasants, Pigs and Astronauts de Kula Shaker sea igualmente de 1999. Desde la primera ocasión que lo escuché sabía que Shower your love sería una oda mágica en el 2011 y así lo fue. Cuando lo compré la portada me impresionó, Mistical Machine Gun hizo de mis tardes sabatinas una especie de idilio amoroso entre ellos, mis ojos clavados en el techo y yo.

Don't hide your pretty face from me
You awoke to the riddle of your life
But no one was there for you...

La noche es tuya, te pertenece. Estas nubes, estas estrellas, la oscuridad, la luna sonriente, el viento gélido que abraza tus muslos, la distancia entre los cerros, el verde oscuro, casi tenebroso, de los árboles y su vaiven es para celebrar que estás aquí, que los observas, que te observan, que disfrutan de tu respiración entrecortada. No habrá un mañana todo es ahora y el sudor contenido por el frío y las manos que se abrazan y las lenguas que juguetean y no quieren separarse es el último gesto de bondad del milenio. Es el regalo que te otorgan al placer de permitirles disfrutarte, de desbocarse ante tu mirada, ante tus movimientos acalambrados y espasmódicos llenos de ansiedad, de sangre galopante como la naturaleza, como tu naturaleza.

Se suponía que la humanidad terminaría en ese año, así como se supone que sucederá en éste. Doce años y 31 días después sigo teniendo ese hormigueo en el estómago. Fue casi adivinatorio cuando, mientras todos cenaban, me metí al baño a revisar que era aquello que me daba comezón en el labio inferior y al revisar encontrar sangre en él, una ligerísima cortada. Hoy por la mañana, después de que anoche dormí pegado a un témpano de hielo, me doy cuenta que esa misma herida sigue ahí.

martes, 24 de enero de 2012


Te quedas a dormir...

Me despierto regularmente en dos ocasiones durante la noche; la primera, es para identificar en donde estoy durmiendo; la segunda, es para tomar un sorbo del vaso que me has dejado en la mesa, lejos de la portatil. Hacía unos segundos estabas prendida a mi adormilado brazo derecho que te servía de almohada.

Me levanto apesadumbrado porque no estás y porque el cielo está cambiando su tonalidad. Es todavía muy temprano para mantenerme en pie, pero es muy tarde para continuar dormido. El sueño se va porque se fue contigo minutos atrás. Miro a mi alrededor y conozco ese extraño lugar que tu llamas casa. Veo cosas de las cuales ninguna me pertenece más que la que duerme cruzando la tablaroca.

Mientras hago los dobleces necesarios a los edredones, aspiro tú olor que está en buena parte de este lugar y camino descalzo, sintiendo el frío al que tú nunca lograrás acostumbrarte. Procuro caminar de puntas para no importunar a nadie y enfilo sobre ese pasillo obscuro que me llevará a ti. Entreabro la puerta y estás ahí tú, ojos cerrados, respiración calma y profunda, brazos abiertos y extendidos como si estuvieras esperando a que vaya por ti y me ahogue entre tu pecho al momento en que tu me apretarás la espalda con ese par de fuertes manos. Froto tus manos, tus mejillas y nada hace efecto hasta que mordisqueo tu lóbulo izquierdo. Comezón es lo que sientes y rascas al tiempo que te digo "mi vicio" y entre abres los ojos, agito mi mano, beso tus labios con la tristeza del que se va y con la felicidad del que ama.

Al salir entrecierro la puerta y camino lentamente, al fondo se escuchan susurros y me agito ligeramente, mi pecho va un poco más rápido. Reviso que todo haya quedado en orden y giro la manija de la puerta que da hacia el patio. Está cerrada y las llaves que me diste no abren esa puerta, sólo abre la puerta de la calle, me desespero un poco porque lo que en un comienzo escuché como susurros ya se escucha como una franca plática próxima a mi. Encuentro las llaves y corro, todavía de puntas y sin calzarme los zapatos, al salir procuro cerrar lentamente la puerta para no alterar esas almas que platican al fondo y menos para alterarte a ti, no quiero que te despiertas después de todo lo que pasó anoche.

Camino con pesadez y tristeza, los perros se despiden de mi y olisquean lo que llevo entre mis manos. Continúo descalzo para sentir el pasto debajo de mis pies, finalmente tu me enseñaste a hacerlo, a sentir más cerca la naturaleza, a sentir más cerca la vida. Al insertar la llave en la chapa volteo y le regalo mi última caricia a ese lugar que tantas veces me abrazó y me recibió calidamente, desde el día en que me metiste de un jalón y de un fuerte movimiento azotaste la puerta abandonando a mis perseguidores que corrían detrás de mi, detrás de mi pasado. Hasta hoy, momento en el que me llevo las maletas que van conmigo a todas partes, vuelvo a ser un expulsado, un extranjero en tierra propia.

Al subirme al coche observo que está toda clase de afiches personales tuyos dentro. No mitigo las lágrimas y les permito salir, nadie me está viendo, es domingo muy temprano para observar la huída del que no se quiere ir pero tiene que hacerlo. Tú dentro sigues soñando, muy posiblemente con la felicidad de una noche anterior, con los dolores de cabeza provocados por el alcohol o tal vez estés soñando en como me despedí de ti.

Imagino cómo despertarás: reluciente y esplendorosa como todas las mañanas que tuve el placer de verte despertar o mejor aún, que tuve el placer de despertarte a besos. Enfundarás tus pies en las pantunflas, perezosa pero sutilmente estirarás tu cuerpo, te pondrás en pie y notarás todo en silencio, mi nota en medio de la mesa, sonreirás y un ligero soplido recorrerá por tus pantorrillas, subirá por los muslos, bordeará tus nalgas y se depositará justo en medio de tus senos. Como todas las veces que he dejado notas, fantasearás con que sea la última, la del adiós y no la de tuve que salir temprano que el tiempo me fatiga y las ocupaciones me vulneran. Al abrirla e irla leyendo una lágrima recorre lentamente tu mejilla y moja tu boca, la cierras y la guardas junto con las demás, escuchas el cuchicheo del fondo, del que nunca me hiciste caso y creo que no pensarás dos veces en mudarte...

lunes, 23 de enero de 2012

Ballad of self destruction

Con el cigarro en la boca redondeas tus labios al retirarlo de ellos. Al expulsar el humo tu boca construye un pequeño tunel por donde exhalas. Relames, le regalas una mirada y vuelves a inhalar. Observas la ceniza consumir el papelillo, el tabaco. Golpeteas ligeramente con tus terzos dedos un extremo para ver como el excedente cae y en medio de la noche se convierte en fuego que alumbra como una pequeña luciérnaga que quiere ver que es lo que toca tu mano que queda libre, que se recarga sobre otra pierna que no es la tuya. La oscuridad te embriaga y el ligero mareo no es por tus pulmones saciados, es por tu mirada obnuvilada. Volteas y no estás en donde usualmente lo haces, mirando las gotas deslizarse de entre las hojas. Vuelves a acomodarlo entre tus labios y vuelves a jalar, como si fuera tu último aliento el que se está yendo, el que estás disfrutando. Alguien más te ve pero no le das importancia, si fuera ese alguien más te sonrojarías, pero no lo es. Recuerdas momentos ingobernables, indeseables y exhalas, construyes una danza con el humo que está saliendo de ti, que está dejando de ser parte tuya y se convierte en los demás como los recuerdos que perdimos, como las cosas que olvidamos. Miras con desdén lo que se convertirá en la última calada y decides no hacerlo, le darás una muerte digna, la que está llena de misericordia por no terminar con él, por no hacerlo sufrir hasta su extinción. Apagas su fuego, su calor y lo retiras lejos de ti, en donde no puedas siquiera recordarlo por su olor, por lo que te dejó, por lo que fue para ti. Perdida en la noche, en medio de un camino que nunca conociste y que no te interesa conocer, aprietas tu mano y miras al cielo, hoy está más despejado que en noches anteriores. Recargas tu cabeza sobre otro hombro que no es tuyo y disfrutas de estar lejos de todo, olvidando lo que alguna ocasión te atormentó y disfrutando de las sensaciones que esta noche están despertando mientras los demás duermen.

viernes, 20 de enero de 2012

Blue Monday...

Cuando se creía que la guerra estaba ganada, cuando se le había confiado la espalda al enemigo; en medio de un cigarrillo, viejas calles conocidas, lunes azules dejados atrás. Cuando el vértigo de la conciencia viene a sacarte el aire del estómago y parece que puedes tambalearte hasta caer, algo vibra en el interior, un dejo de desconfianza en uno mismo, un sentimiento sutil y banal de derrota, de que nada ha servido y de que todo está perdido. Que nunca somos suficiente, que nunca alcanzamos lo que en un punto intentamos. Me queda la sensación de que cuando menos lo arañé, te arañé, incluso, la espalda.

martes, 17 de enero de 2012

Apuntes sobre los cuadernos...

"La artesanía es una manifestación primitiva, amorfa y fetal de lo que algún día -cuando individuos particulares desagregados del todo comiencen a imprimir un sello personal a esos objetos en los que volcarán una intimidad intransferible- podrá tal vez acceder a la categoría artística. Que ella truene, prospere y reine en una no debería ennorgullecer a nadie y menos a los pretendidos patriotas. Porque la prosperidad de la artesanía -esa manifestación de lo genérico- es signo de atraso o regresión, inconsciente voluntad de no avanzar en ese torbellino demoledor de fronteras, de costumbres pintorescas, de color local, de diferencias provinciales y espíritu campaneril, que es la civilización. Ya sé que usted, señora patriota, señor patriota, usted la odia, si no la palabra, el contenido de esa palabra demoledora. Es su derecho. También lo es, mío, amarla y defenderla contra viento y marea aun a sabiendas de que el combate es difícil y de que puedo hallarme -los signos son múltiples- en el bando de los derrotados. No importa. Ésa es la única forma de heroísmo que nos está permitida a los enemigos del heroísmo obligatorio: morir firmando con nombre y apellidos propios, tener una muerte personal.

Sépalo de una vez por todas y horrorícese: la única patria que reverencio es la cama que holla mi esposa: Lucrecía y, su cuerpo soberbio, la única bandera o enseña patria capaz de arrastrarme a los más temerarios combates, y el único himno que me conturba hasta el sollozo son los ruidos que esa carne amada emite, su voz, su risa, su llanto, sus suspiros, y, por supuesto (tápese los oídos y la nariz) sus hipos, eructos, pedos y estornudos. ¿Puedo o no puedo ser considerado un verdadero patriota, a mi manera?

jueves, 12 de enero de 2012

Profesora de educación básica: mandil de atender a los educandos más infantes lleno de grasa y manchas, cabello alborotado (pero no ese alboroto sensual que brinda un buen palo), embarrada de helado de chocolate con trozos de nuez en las comisuras de los labios y que al hablar no ha terminado de pasar el bocado; es lo más atroz y asesino para una erección monumental. PUNTO

martes, 10 de enero de 2012

Besos con sabor a cigarro y cerveza, con sabor a sudor y latex. En medio de la noche, de la desesperación del tiempo, de las ganas y de la paciencia. De tus labios y mi lengua. Bébeme de un sorvo porque así es como debe de ser. Como si fuera la última vez que nos veremos. Como ese beso de adiós, ansioso y mordaz, delicado y lastimero. Hazlo con fuerza, quiero llevarme la marca de tu presencia en mi cuerpo que has construido a tu beneplácito.

domingo, 8 de enero de 2012

En una ciudad de más de 20 millones de habitantes (tomando en cuenta el área metropolitana) y en un sábado populoso justo en el ombligo del país, nos fuimos a encontrar. Tu impresión y la manera en como la demostraste me sonrojó pero me llenó el cuerpo de calor y de amor. Me volví a sentir en esa banca llena de frío en Mundo E. Tú, que estabas hasta el otro lado del mundo, y yo aquí, viendo la vida pasar, nos volvimos a ver. El destino dice que jamás nos perderemos la sombra y que cuando no haya luz que la proyecte, tu luz lo hará. Además, como punto adicional, me encontraste en esplendor y me encantó. Me encontraste con esa maravillosa persona de la cual tanto te he contado (que roba mis miradas y mis pensamientos) y llegaste a ponerle la cereza al pastel de un día perfecto. Casi nos atropeyan, pero el conductor debía de entender que había miles de kilómetros en ese abrazo, miles de anecdotas, miles de horas sin vernos, miles de momentos que desearíamos haber compartido juntos, miles de experiencias, miles de conversaciones y todo expuesto a media calle en un hermoso abrazo.

jueves, 5 de enero de 2012

Ensoñación

Al entrar lo primero que ves es un sillón viejo y mugroso. No es lo que está justo en frente al empujar las puertecillas plegables pero es lo que más llama la atención. Supongo que en algún momento fue de color café. Ahora es de un gris deslavado con lamparones de mugre, grasa y fluídos. En él descansa un gordo terrible, de esos que estorban en todo momento (estorban manejando lento en una avenida despejada, estorban caminando lento en una angosta banqueta, estorban sentados con las piernas abiertas en el asiento del microbús, estorban en la portería rival al ocupar todo el espacio de anotación, etc). Frente al sillón, casi justo en la entrada al lugar, está la barra de madera labrada. Quien está detrás de ella sabe que me gusta el ron Matusalem con una cuarta parte de agua mineral y la demás porción con coca, hielos (tres de preferencia) y vaso únicamente de vidrio de 25 centímetros de alto. Al fondo de la barra una imagen de Sean Young cuelga a mi petición. Justo al lado de la vieja impresión está una puerta que te lleva al "otro lado". Ahí puedes descansar tus codos sin presión alguna sobre las mesas de carta blanca. Susana y Alejandra, que llevan años ahí, pueden sentarse en tus piernas si así lo deseas y no te exigirán nada más que bailes con ellas un par de piezas y que les invites de beber de tu copa o botella, ellas no piden, no son exigentes, ahí duermen, sueñan, comen y sufren, no necesitan más. La rocola es más o menos variada, no es el español, pero tampoco es la bipo (goei). Las que más me gustan son las de Willie Colon y Oscar de León. Los viernes no hay espacio para bailar, pero los lunes si. Existe uno que otro temerario que cuando comienza a despuntar el sol dominical se aventuran a pagarle cinco pesos al Javier Solís que vive ahí dentro. Cuando eso sucede, las lágrimas de todos los asistentes inundan el lugar al grado de tener que desalojar, la primera ocasión que eso sucedió nos quedamos sin ese pedacito de cielo, los que acostumbramos pasar a diario, por un par de días en lo que terminaron de secar el lugar y terminar de barrer toda la sal. Después de eso procuramos, salvo ocasiones especiales, omitir al Rey del Bolero Ranchero.

Ayer salí ya tarde. O más bien a tiempo para llegar temprano a trabajar. Poco antes de irme se fueron el grupo de advenedizos que me siguen a sol y sombra. No logré quitármelos de encima y mejor me hice a la idea de verlos con frecuencia por allá. Reniegan de mi persona pero les encanta buscarme. Uno de ellos en alguna ocasión ofreció que me fuera a vivir con él, me dijo que podría mantenerme y que yo no tendría que trabajar ni hacer labores en el hogar, como me resistí a irme con él se puso fúrico, intentó golpearme y después dijo que yo era un cualquiera y una mala persona. Le escribí una carta pidiéndole disculpas explicando el porque yo no soy merecedor de tanto afecto, jamás me respondió.

Alguna ocasión cuando en la esquina de la barra miraba pasar a la gente que camina por la banqueta, una persona reparó en mis ojos y mantuvo la mirada por unos segundos, después continuó su camino. Días después volvió, se detuvo en mi mirada y entró. Caminó directo a mi, los ojos ligeramente delineados por la parte superior, labios gruesos y bien marcados, cejas delicadamente depiladas y una mirada que acaba con cualquiera, tuve que agacharme cuando estaba a un metro, se paró justo al lado de mi y pidió una cerveza oscura, que para disminuir el calor; recuerdo que estábamos a menos de diez grados centígrados, de esos otoños descomunalmente fríos. Tardé más de minuto y medio para decidirme a hablarle y cuando dejé de tener la mirada clavada en la barra me estaba esperando y me dijo: "tonto, entré a quitarme el calor de tus ojos, de tus manos que están deseosas de recorrerme y tú... tú ni eres capaz de mirarme a los ojos". Bebió lo que faltaba de un sorbo, bajó el tarro y azotó la mano dejando un billete del doble del precio de lo consumido. Miré atónito y ni siqueira tuve el valor de hablarle. Junto al billete una pequeña nota, pensé que era su número o algo parecido, decía: "fumando espero..."

Acompáñelo con leche...

miércoles, 4 de enero de 2012

Ceguera...

Sin mis gafas veo una mierda. En algunas ocasiones duermo con ellas para ver en mis sueños y cuando me las quito antes de dormir todo es penumbra. Tengo una relación un tanto odiosa con ellas. La gente, antes de convertirme en lo que soy, solía tener orgasmos al ver mis ojos; los hombres no podían ocultar erecciones y las mujeres (sin importar edad o condición alguna) apretaban los labios y proyectaban ese brillo en los ojos único del momento de éxtasis. Sin embargo, las bases de datos, las letritas pequeñas en todos los contratos que he firmado y he hecho firmar, han acabado con mi único tesoro, han acabado con este brillo que vivía en mi.

Al llegar supuse que no había llegado, nadie corrió a preguntarme si era yo tal o cual persona. Cita a ciegas, pensé... Tan desesperado me veo... Cuanto he perdido de mi facilidad para la soledad. Esperé. Mi paciencia, que tampoco es mucha, me hizo pensar, después de diez minutos de espera, en desistir o en la posibilidad de que ella había desistido desde antes de meterse a bañar. Le daré diez minutos más, de todos modos es esperar o ir a darle de comer a las palomas... pero también pensé que si es cita a ciegas, tenía que ser a ciegas totalmente y me despojé de mis gafas.

Después de media hora, tiempo record de espera por mi parte, regresé a casa a buscar los granos para las palomas. Un mensaje en la contestadora decía: que feo que me hayas dejado plantada, te estuve esperando, hombre misterioso de gafas. Su voz se escuchaba suave e interesante, lo suficientemente suave para soportarme y quererme y lo suficientemente interesante para ser brusca en el jaloneo nocturno. Después de suspirar salí a darle de comer a las palomas...

martes, 3 de enero de 2012

Cuatro mexicanos velando a un muerto...

La fiesta en la oficina de fin de año fue lo que tenía que ser: un fiasco. Fabiola jamás me volteo a ver y siempre bailó con Alfredo. Había olvidado un detalle: yo nunca me he parado a bailar. Mi jefe, siempre bonachón y contentillo, fue el deleite de las féminas que nadie ve (las gorditas buen pedo y las flacas incípidas). Las chicas (arpías venenosas que nunca las verán solas) intentaron sacarme a bailar y sólo lo consiguieron cuando me levanté para irme. El Negro y Ruth se escabulleron al baño de señoritas más alejado; tenía ganas de husmear pero llevé una botella de tequila para mi sólo y podría hacerse perdedisa si me paraba. Evelyn y Claudia me miraron toda la fiesta a lo lejos. Ellas decidieron sentarse una mesa justo al otro lado de la pista de baile y un poco a mis espaldas, supongo que tenían la idea de que yo no las viera pero ellas sí a mi, sólo que no contaban con el detalle de que sus miradas fueron toda la noche como cuchillos que se clavaban en mi espalda. El CEO (entre las palabras de moda del año que me cagaron fueron precisamente CEO y Entrepeneur) de la multinacional en la que laboro se tomó la molestia de saludarnos uno por uno antes de hacer el brindis de honor. Me empeñé azarosamente en tener la mano sudadísima para cuando el pasara. Fabis colgada de su brazo (y de su cartera) lo acompañaba. Todos sabemos que el ganador de ese culazo es Alfredo, que aunque dejó su carrerita mediocre en la UVM a medio terminar, tiene buena labia y sus rizos son capaces de conquistar a cualquiera.

Al terminar el brindis le dije a mi jefe (medio pedo, o mejor dicho: medio pedos...) que lo apreciaba mucho y que aprendía mucho de él y todas esas cosas del clásico lamegüevos que está esperando que asciendan de puesto al jefe inmediato para ser postulado a su posición. Me pidió aventón y no se lo negué, de todos modos no tenía ganas de llegar a casa. Me dijo que si no había problema si se iban varios más con nosotros y encogí los hombros.

Cuando nos paró el alcoholímetro ya ni sentía los nervios. Alguién, que nunca supe quien fue, los había tirado por la ventanilla junto con la colilla de cigarro antes de sujetarme la "entrepierna". Casi rozó mis labios el oficial y le dije que iba a dejar a mi jefe a su casa, que por favor no truncara mi posición de lamegüevos oficial porque sino no habría valido la pena tanto esfuero oral; palabras más, palabras menos:

-Ha ingerido bebidas alcóholicas, joven
(mano fuertemente sujetando mi entrepierna)
-Sinceramente si, oficial...
(apretón más duro)
-Va a tener que pasarle y ahí no hay favores...
-Oficial, no quiero hacerme el chillón pero ojalá y pudiera hacerme el paro, voy camino a dejar a mi jefe y toda la noche he estado de lamegüevos como para que ustedes vengan a echarme a perder la noche...

Lo que sucedió después me da vergüenza admitirlo y más mencionarlo. Nunca pensé rebajarme tanto, aunque todos nos rebajamos hasta las rodillas.

No pasé la noche en el torito pero tampoco obtuve mi puesto. Ese lugar ahora lo comparten Claudia y Evelyn. Siempre pensé que se habían distanciado de mi por otros motivos y no porque sabían, desde antes, que ellas ocuparían ese cargo. Cuando menos, tuvieron la bondad de despedirse formalmente de mi como iguales en el trabajo. Después de esa noche no me volvieron a hablar...