miércoles, 4 de enero de 2012

Ceguera...

Sin mis gafas veo una mierda. En algunas ocasiones duermo con ellas para ver en mis sueños y cuando me las quito antes de dormir todo es penumbra. Tengo una relación un tanto odiosa con ellas. La gente, antes de convertirme en lo que soy, solía tener orgasmos al ver mis ojos; los hombres no podían ocultar erecciones y las mujeres (sin importar edad o condición alguna) apretaban los labios y proyectaban ese brillo en los ojos único del momento de éxtasis. Sin embargo, las bases de datos, las letritas pequeñas en todos los contratos que he firmado y he hecho firmar, han acabado con mi único tesoro, han acabado con este brillo que vivía en mi.

Al llegar supuse que no había llegado, nadie corrió a preguntarme si era yo tal o cual persona. Cita a ciegas, pensé... Tan desesperado me veo... Cuanto he perdido de mi facilidad para la soledad. Esperé. Mi paciencia, que tampoco es mucha, me hizo pensar, después de diez minutos de espera, en desistir o en la posibilidad de que ella había desistido desde antes de meterse a bañar. Le daré diez minutos más, de todos modos es esperar o ir a darle de comer a las palomas... pero también pensé que si es cita a ciegas, tenía que ser a ciegas totalmente y me despojé de mis gafas.

Después de media hora, tiempo record de espera por mi parte, regresé a casa a buscar los granos para las palomas. Un mensaje en la contestadora decía: que feo que me hayas dejado plantada, te estuve esperando, hombre misterioso de gafas. Su voz se escuchaba suave e interesante, lo suficientemente suave para soportarme y quererme y lo suficientemente interesante para ser brusca en el jaloneo nocturno. Después de suspirar salí a darle de comer a las palomas...

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