martes, 3 de enero de 2012

Cuatro mexicanos velando a un muerto...

La fiesta en la oficina de fin de año fue lo que tenía que ser: un fiasco. Fabiola jamás me volteo a ver y siempre bailó con Alfredo. Había olvidado un detalle: yo nunca me he parado a bailar. Mi jefe, siempre bonachón y contentillo, fue el deleite de las féminas que nadie ve (las gorditas buen pedo y las flacas incípidas). Las chicas (arpías venenosas que nunca las verán solas) intentaron sacarme a bailar y sólo lo consiguieron cuando me levanté para irme. El Negro y Ruth se escabulleron al baño de señoritas más alejado; tenía ganas de husmear pero llevé una botella de tequila para mi sólo y podría hacerse perdedisa si me paraba. Evelyn y Claudia me miraron toda la fiesta a lo lejos. Ellas decidieron sentarse una mesa justo al otro lado de la pista de baile y un poco a mis espaldas, supongo que tenían la idea de que yo no las viera pero ellas sí a mi, sólo que no contaban con el detalle de que sus miradas fueron toda la noche como cuchillos que se clavaban en mi espalda. El CEO (entre las palabras de moda del año que me cagaron fueron precisamente CEO y Entrepeneur) de la multinacional en la que laboro se tomó la molestia de saludarnos uno por uno antes de hacer el brindis de honor. Me empeñé azarosamente en tener la mano sudadísima para cuando el pasara. Fabis colgada de su brazo (y de su cartera) lo acompañaba. Todos sabemos que el ganador de ese culazo es Alfredo, que aunque dejó su carrerita mediocre en la UVM a medio terminar, tiene buena labia y sus rizos son capaces de conquistar a cualquiera.

Al terminar el brindis le dije a mi jefe (medio pedo, o mejor dicho: medio pedos...) que lo apreciaba mucho y que aprendía mucho de él y todas esas cosas del clásico lamegüevos que está esperando que asciendan de puesto al jefe inmediato para ser postulado a su posición. Me pidió aventón y no se lo negué, de todos modos no tenía ganas de llegar a casa. Me dijo que si no había problema si se iban varios más con nosotros y encogí los hombros.

Cuando nos paró el alcoholímetro ya ni sentía los nervios. Alguién, que nunca supe quien fue, los había tirado por la ventanilla junto con la colilla de cigarro antes de sujetarme la "entrepierna". Casi rozó mis labios el oficial y le dije que iba a dejar a mi jefe a su casa, que por favor no truncara mi posición de lamegüevos oficial porque sino no habría valido la pena tanto esfuero oral; palabras más, palabras menos:

-Ha ingerido bebidas alcóholicas, joven
(mano fuertemente sujetando mi entrepierna)
-Sinceramente si, oficial...
(apretón más duro)
-Va a tener que pasarle y ahí no hay favores...
-Oficial, no quiero hacerme el chillón pero ojalá y pudiera hacerme el paro, voy camino a dejar a mi jefe y toda la noche he estado de lamegüevos como para que ustedes vengan a echarme a perder la noche...

Lo que sucedió después me da vergüenza admitirlo y más mencionarlo. Nunca pensé rebajarme tanto, aunque todos nos rebajamos hasta las rodillas.

No pasé la noche en el torito pero tampoco obtuve mi puesto. Ese lugar ahora lo comparten Claudia y Evelyn. Siempre pensé que se habían distanciado de mi por otros motivos y no porque sabían, desde antes, que ellas ocuparían ese cargo. Cuando menos, tuvieron la bondad de despedirse formalmente de mi como iguales en el trabajo. Después de esa noche no me volvieron a hablar...

2 comentarios:

  1. Empezaba a extrañar este tipo de textos que crean todo un ambiente godines ... bueno eso me hacen pensar un ambiente de puro señor trajeado

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    1. Es el Godinez que vive dentro de mi. Son historias francamente aburridas, pero cuando viajas tres horas diarias en el metro es lo único que te hace sobrevivir. Cada que te las cuento siento que hubieras estado tú ahí como observadora. De cuando me gastaba mi juventud en nada, como dejé el tiempo pasar...

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