jueves, 5 de enero de 2012

Ensoñación

Al entrar lo primero que ves es un sillón viejo y mugroso. No es lo que está justo en frente al empujar las puertecillas plegables pero es lo que más llama la atención. Supongo que en algún momento fue de color café. Ahora es de un gris deslavado con lamparones de mugre, grasa y fluídos. En él descansa un gordo terrible, de esos que estorban en todo momento (estorban manejando lento en una avenida despejada, estorban caminando lento en una angosta banqueta, estorban sentados con las piernas abiertas en el asiento del microbús, estorban en la portería rival al ocupar todo el espacio de anotación, etc). Frente al sillón, casi justo en la entrada al lugar, está la barra de madera labrada. Quien está detrás de ella sabe que me gusta el ron Matusalem con una cuarta parte de agua mineral y la demás porción con coca, hielos (tres de preferencia) y vaso únicamente de vidrio de 25 centímetros de alto. Al fondo de la barra una imagen de Sean Young cuelga a mi petición. Justo al lado de la vieja impresión está una puerta que te lleva al "otro lado". Ahí puedes descansar tus codos sin presión alguna sobre las mesas de carta blanca. Susana y Alejandra, que llevan años ahí, pueden sentarse en tus piernas si así lo deseas y no te exigirán nada más que bailes con ellas un par de piezas y que les invites de beber de tu copa o botella, ellas no piden, no son exigentes, ahí duermen, sueñan, comen y sufren, no necesitan más. La rocola es más o menos variada, no es el español, pero tampoco es la bipo (goei). Las que más me gustan son las de Willie Colon y Oscar de León. Los viernes no hay espacio para bailar, pero los lunes si. Existe uno que otro temerario que cuando comienza a despuntar el sol dominical se aventuran a pagarle cinco pesos al Javier Solís que vive ahí dentro. Cuando eso sucede, las lágrimas de todos los asistentes inundan el lugar al grado de tener que desalojar, la primera ocasión que eso sucedió nos quedamos sin ese pedacito de cielo, los que acostumbramos pasar a diario, por un par de días en lo que terminaron de secar el lugar y terminar de barrer toda la sal. Después de eso procuramos, salvo ocasiones especiales, omitir al Rey del Bolero Ranchero.

Ayer salí ya tarde. O más bien a tiempo para llegar temprano a trabajar. Poco antes de irme se fueron el grupo de advenedizos que me siguen a sol y sombra. No logré quitármelos de encima y mejor me hice a la idea de verlos con frecuencia por allá. Reniegan de mi persona pero les encanta buscarme. Uno de ellos en alguna ocasión ofreció que me fuera a vivir con él, me dijo que podría mantenerme y que yo no tendría que trabajar ni hacer labores en el hogar, como me resistí a irme con él se puso fúrico, intentó golpearme y después dijo que yo era un cualquiera y una mala persona. Le escribí una carta pidiéndole disculpas explicando el porque yo no soy merecedor de tanto afecto, jamás me respondió.

Alguna ocasión cuando en la esquina de la barra miraba pasar a la gente que camina por la banqueta, una persona reparó en mis ojos y mantuvo la mirada por unos segundos, después continuó su camino. Días después volvió, se detuvo en mi mirada y entró. Caminó directo a mi, los ojos ligeramente delineados por la parte superior, labios gruesos y bien marcados, cejas delicadamente depiladas y una mirada que acaba con cualquiera, tuve que agacharme cuando estaba a un metro, se paró justo al lado de mi y pidió una cerveza oscura, que para disminuir el calor; recuerdo que estábamos a menos de diez grados centígrados, de esos otoños descomunalmente fríos. Tardé más de minuto y medio para decidirme a hablarle y cuando dejé de tener la mirada clavada en la barra me estaba esperando y me dijo: "tonto, entré a quitarme el calor de tus ojos, de tus manos que están deseosas de recorrerme y tú... tú ni eres capaz de mirarme a los ojos". Bebió lo que faltaba de un sorbo, bajó el tarro y azotó la mano dejando un billete del doble del precio de lo consumido. Miré atónito y ni siqueira tuve el valor de hablarle. Junto al billete una pequeña nota, pensé que era su número o algo parecido, decía: "fumando espero..."

Acompáñelo con leche...

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