martes, 24 de enero de 2012

Te quedas a dormir...

Me despierto regularmente en dos ocasiones durante la noche; la primera, es para identificar en donde estoy durmiendo; la segunda, es para tomar un sorbo del vaso que me has dejado en la mesa, lejos de la portatil. Hacía unos segundos estabas prendida a mi adormilado brazo derecho que te servía de almohada.

Me levanto apesadumbrado porque no estás y porque el cielo está cambiando su tonalidad. Es todavía muy temprano para mantenerme en pie, pero es muy tarde para continuar dormido. El sueño se va porque se fue contigo minutos atrás. Miro a mi alrededor y conozco ese extraño lugar que tu llamas casa. Veo cosas de las cuales ninguna me pertenece más que la que duerme cruzando la tablaroca.

Mientras hago los dobleces necesarios a los edredones, aspiro tú olor que está en buena parte de este lugar y camino descalzo, sintiendo el frío al que tú nunca lograrás acostumbrarte. Procuro caminar de puntas para no importunar a nadie y enfilo sobre ese pasillo obscuro que me llevará a ti. Entreabro la puerta y estás ahí tú, ojos cerrados, respiración calma y profunda, brazos abiertos y extendidos como si estuvieras esperando a que vaya por ti y me ahogue entre tu pecho al momento en que tu me apretarás la espalda con ese par de fuertes manos. Froto tus manos, tus mejillas y nada hace efecto hasta que mordisqueo tu lóbulo izquierdo. Comezón es lo que sientes y rascas al tiempo que te digo "mi vicio" y entre abres los ojos, agito mi mano, beso tus labios con la tristeza del que se va y con la felicidad del que ama.

Al salir entrecierro la puerta y camino lentamente, al fondo se escuchan susurros y me agito ligeramente, mi pecho va un poco más rápido. Reviso que todo haya quedado en orden y giro la manija de la puerta que da hacia el patio. Está cerrada y las llaves que me diste no abren esa puerta, sólo abre la puerta de la calle, me desespero un poco porque lo que en un comienzo escuché como susurros ya se escucha como una franca plática próxima a mi. Encuentro las llaves y corro, todavía de puntas y sin calzarme los zapatos, al salir procuro cerrar lentamente la puerta para no alterar esas almas que platican al fondo y menos para alterarte a ti, no quiero que te despiertas después de todo lo que pasó anoche.

Camino con pesadez y tristeza, los perros se despiden de mi y olisquean lo que llevo entre mis manos. Continúo descalzo para sentir el pasto debajo de mis pies, finalmente tu me enseñaste a hacerlo, a sentir más cerca la naturaleza, a sentir más cerca la vida. Al insertar la llave en la chapa volteo y le regalo mi última caricia a ese lugar que tantas veces me abrazó y me recibió calidamente, desde el día en que me metiste de un jalón y de un fuerte movimiento azotaste la puerta abandonando a mis perseguidores que corrían detrás de mi, detrás de mi pasado. Hasta hoy, momento en el que me llevo las maletas que van conmigo a todas partes, vuelvo a ser un expulsado, un extranjero en tierra propia.

Al subirme al coche observo que está toda clase de afiches personales tuyos dentro. No mitigo las lágrimas y les permito salir, nadie me está viendo, es domingo muy temprano para observar la huída del que no se quiere ir pero tiene que hacerlo. Tú dentro sigues soñando, muy posiblemente con la felicidad de una noche anterior, con los dolores de cabeza provocados por el alcohol o tal vez estés soñando en como me despedí de ti.

Imagino cómo despertarás: reluciente y esplendorosa como todas las mañanas que tuve el placer de verte despertar o mejor aún, que tuve el placer de despertarte a besos. Enfundarás tus pies en las pantunflas, perezosa pero sutilmente estirarás tu cuerpo, te pondrás en pie y notarás todo en silencio, mi nota en medio de la mesa, sonreirás y un ligero soplido recorrerá por tus pantorrillas, subirá por los muslos, bordeará tus nalgas y se depositará justo en medio de tus senos. Como todas las veces que he dejado notas, fantasearás con que sea la última, la del adiós y no la de tuve que salir temprano que el tiempo me fatiga y las ocupaciones me vulneran. Al abrirla e irla leyendo una lágrima recorre lentamente tu mejilla y moja tu boca, la cierras y la guardas junto con las demás, escuchas el cuchicheo del fondo, del que nunca me hiciste caso y creo que no pensarás dos veces en mudarte...

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