domingo, 26 de febrero de 2012

La libreta de los vicios

Las ideas más extravagantes están plasmadas en las últimas hojas de mis viejos cuadernos de educación secundaria. Dejaba que mis manos figuraran las ideas más complicadas, desde un Abigail me gustas y me la jalo pensando en ti, hasta una disertación acerca del sentimiento de derrota (a los 13 años) y la manera en como tenía que sobrellevarla por los siguientes 14 años. Sí, Abigail era una morra que iba un año por encima de mi. Me gustaba y sólo porque me gustaban sus piernas y su mirada adolescente de cógeme, permitía y toleraba su bíblico nombre. Una ocasión me invitó a bailar y yo no sabía bailar. Fui a la chingada fiesta y la muy cabrona fue con su novio. Yo me consolé con las miradas que me tiraba cada que estaba con él. El novio tenía como 40 (así lo veía yo, aunque en realidad tendría como 16) y era todo un dandy en la prepa que estaba apenas a unos pasos de la secundaria. Ya, para no hacer el cuento largo, quedó embarazada al año siguiente y yo caminaba todas las tardes frente a su casa al salir de la secundaria deseando habérmela cogido antes de que ese gañan, sudoroso y horrible, la hubiera preñado... *suspiros adolescentes*

La disertación acerca de la derrota consistía en no más que desaires amorosos y saber como complacer a una chica postpuber, a veces en dejar de ser mediocre. Pensaba que estaba destinado a no saber como congeniar con mujer alguna. Mi educación básica consistió en un régimen militar con puro pequeño culero que tenían dos opciones; una: volverse putos o; dos: masturbarse hasta que se les cayera la verga. Esa educación homosexual/militarizada me dejó con muchas dudas que las materializaba en sudor al hablar con una chica y erecciones múltiples al ver calcetas a la rodilla. Posteriormente cuando crecí y seguí sin saber como entablar conversación alguna sin que mis ojos se fueran a otros "puntos" entendí porque todos los escritores malditos que había leído hasta ese entonces (para sentirme diferente y mamón) eran bebedores empedernidos y buenos amantes de la botella antes que buenos amantes de las mujeres. Ahora entendía de donde salían tanto poema en prosa y tantas alabanzas (al Señor... pero de las piernas).

Es así como me inicié en el vicio, a través de las dudas. De no saber si aceptar una mamadita ingenua de alguien de 11 años por quinientos pesos (tomen en cuenta que mi vejez me da para decir que un boing costaba un peso y una hamburguesa doble carne, cinco) o seguir sin saber domesticar a ese animal salvaje llamado mujer, porque los hombres, mucho más animales (pero ni siquiera salvajes), somos una especie de perro en celo que ladra y brabuconea y tira espuma por la boca, en la jaula y que, cuando nos vemos ante la llama del desencadenamiento, metemos la cola entre las patas y no sabemos que hacer más que dar vueltas en círculos.

Sigo sin decifrar el código secreto, complicado y maravilloso que vive dentro de las cabezas de las mujeres pero, sin lugar a dudas, ésto me ayudará un poco. Comencemos contigo, con mi vicio:


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