domingo, 13 de mayo de 2012

Si la muerte...

Hoy fui a visitar a mi abuela a su último hogar. Platicamos un poco como en los buenos tiempos y hacía mucho que no nos lo permitíamos. Fue como siempre, en silencio, con los ojos más habladores que nunca y las bocas lo más calladas que se pudiera. Me senté frente al lugar en donde está, pasé la mano por encima del mármol polvoso, me sacudí en el pantalón y leí esas últimas palabras que querían que la acompañaran. Pensé en quien le acompañan ahí dentro: mi bisabuela (que siempre fue una cabrona con el mundo y conmigo un pan de Dios), y mi bisabuelo al que no tuve la suerte de conocer. Mi abuela tampoco fue monedita de oro y mi padre siempre se empecina en hablar mal de ella aún siendo que lo quiso más que a sus propios hijos. Conmigo fue un pan de Dios, pero creo que su cariño llegó más allá que el de un repostero (aunque fuera divino) pudiera dar. Fue como mi madre y yo fui como su hijo. Nunca le dije abuela, siempre mamá. Me enseñó a comer carne en un mundo que dilucidaba vegetarianismo para mi. Me dejaba hacer y deshacer en casa, aunque de sobra sabía que no haría nada. Siempre me aconsejó y siempre me defendió de la tiranía absolutista de mi madre (siempre he tendido a exagerar). Ahora, en silencio, le conté como me siento, no me contestó nada, creo que se ha quedado sin palabras. También le dije lo que pienso hacer y lo mucho que la extraño. La sentí más presente que en estos seis años que no ha estado. Como a ambos nunca nos gustaron las despedidas, y creo que nuestra despedida fue como habríamos querido los dos: de cuento de hadas, me levanté, volví a acariciar el polvoso mármol y le di la espalda. Sentí como meció mi cabello al igual que de pequeño y su beso en la mejilla. Sus manos suaves y rugosas y su pelo siempre cano y corto detrás de mi. Al ir caminando el aire fresco de esta mañana nublada me acarició y me enrojeció las mejillas, me masajeo la garganta y mojo mis ojos. La inmensa soledad del todo me abrumó.

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