jueves, 27 de septiembre de 2012

Hidden Faces...

Betka puso la mano sobre a rodilla de Baba y palpó los ángulos de los huesos que la formaban, pequeños y puntiagudos, a través de la ligera tela de los pantalones. Después, con las manos unidas, ambos se miraron en silencio, y Betka descubrió por primera vez la infinita fuente de ternura que puede haber en tal caricia. Siempre acosada y atribulada, siempre arrancando estremecedoras pizcas de placer de una vida mordida por la ansiedad, había necesitado que el vacío de la eternidad se abriese ante ella para que le fuese posible experimentar, al fin, el misterio de la pasión de dos manos que se oprimen, ambas con los desnudos cuerpos de las coyunturas de los dedos moviéndose lentamente centenares de veces para entretenerse en infinitas combinaciones, lubrificadas por las lágrimas, sin alfojar su presión ni durante un solo instante.

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