lunes, 11 de febrero de 2013

El parque de los últimos perdedores...

Cuando dejé de estar absortó ante mis pensamientos, el viejo seguía ahí, como la luna, siempre arriba de nuestras cabezas. Me miraba fijamente hasta que le ofrecí un cigarrillo. Lo aceptó con desconfianza pero ante la primer calada la desconfianza se desvaneció en un recorrer de sus nalgas hacia las mías. Como lo ignoré se levantó y se fue a molestar a unas palomas que, de no haber sido por él, habrían cagado mi blazer cardigan. Sudaba copiosamente y mi pañuelo nunca fue suficiente. No paraba de pensar en ti, en tu clavícula y en la triada de lunares que ilustran tu pecho.

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