martes, 20 de septiembre de 2011

Una cerveza tras otra a ver quien perdía primero. El perdedor, la apuesta de siempre: dolor, placer y ansiedad. Finalmente ninguno pierde; siempre gana la piel un sabor impresionante, dulzón, a ti, a mi, a los dos juntos. Me gusta ocultar mi erección en medio de la calle con tu cuerpo, tú, tambaleante, atinas a decir: estoy un poco mareada, yo me aprovecho para manosearte a diestra y siniestra. Llegando a casa me deslizo entre tus sábanas sólo para desnudarte, acomodarte y quedarme con todas las ganas del mundo. Me voy con tu olor impregnado en todo mi cuerpo. A medio camino entre la puerta a tu casa y la que da a la calle titubeo en un par de ocasiones, pienso en regresarme y vaciarme sobre ti. Corrijo el paso y acelero, al llegar a la puerta ya me estás esperando y la única imagen que me queda son esas medias negras que ya te había quitado después de habértelas puesto. Me estás esperando bajo la luz de la farola, sonriente, los pies un poco amoratados de pisar las piedras sin calzado y con los brazos abiertos. Abro bien los ojos y no estoy seguro de nada de lo que hice pero si de lo que a continuación haré.

sábado, 17 de septiembre de 2011

14/15 - 22

Me hiciste subir con los ojos vendados entre la oscuridad. No veía nada, sólo sentía tu mano sujetando la mía fuertemente y una esponjada bola de pelos meterse entre mis piernas. Nunca pensé estar listo para poder ver y cuando me retiraste lo que enceguecía mi vista mis ojos estaban apretados, espantados y nerviosos, tenían miedo a ver y a sentir; brincaron apoyando sus dos pies fuertemente sobre el piso, respiraron profundo y al entreabrirse lo primero que lograron observar fue tu sonrisa, inmensa y reluciente como siempre. Tu mirada asombrada no podía creer que estuviera ahí y que estuviéramos tan nerviosos (mis ojos y yo). Al abrir por completo los ojos fuego pasó por mi vista. Todo era luz resplandeciente en medio de la oscuridad, la piel se me encrespó y mi vida se aventó al completo vacío, ese vacío que está lleno de vidas enteras, de placer absoluto. Mi piel sentía miles de manos encima, mis ojos no paraban de observar con las pupilas dilatadas, mis manos sentían placer absoluto: tu piel.

Cuando por fin logré calmarme me di cuenta que tu seguías ahí, conmigo. Observándome con ternura y haciéndome caer en cuenta que nunca me dejarías caer. Todas esas manos, todo esa luz vigorosa y llena de fuego, la piel erizada y demás era por tenerte tan cerca, tan abierta y yo tan dentro de ti. Nos sentamos, observamos la luna moverse, primero frente a nosotros, luego ser un foco inmenso justo arriba de nuestras cabezas para terminar dándonos la espalda. La noche pasó fugaz, quería que fuera interminable. Sólo el frío me hacía sentir que no estaba soñando, que todo era verdad.  Tu voz fue arrullándome, guiándome entre los muertos para encontrar el descanso anhelado, el sueño que tanto busqué y cuando por fin encontramos el lugar depositaste mi cabeza entre tus piernas, acariciaste mi nuca y me cerraste los ojos. Dormí y soñé contigo y al despertar ahí seguías, tan despierta y con la misma mirada atónita y hermosa, inmovil, siempre cuidando mi sueño y mi amor por ti.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Las hilos de saliva fueron cayendo sobre las venas hinchadas, tan exaltadas que parecía que terminarían por romper la piel. Con la mano cubrió por completo; cada centimetro reseco era lubricado. La saliva estaba rendida al placer, la firmeza era casi dolorosa, extenuante. Un ardor casi exquisito comenzó a surgir, la agitación era intensa, el movimiento sutil. La mano, suave y conocedora, hacia lo suyo de manera magistral. El dolor cedió y para convertirse en placer. La sangre continuaba brotando y coloreaba las sábanas blancas, contraste total, infinito, delicioso.

Miradas, sudor, miedo y finalmente la sangre. Fluyendo por la piel; mostrando lo débiles que somos y el placer que nos provoca.

viernes, 9 de septiembre de 2011

A donde tú me lleves, contestó...

Haré un inmenso mapa mundi, abarcará toda la pared del estudio...
y me pondré a jugar a los dardos sobre él...
(con los ojos vendados, claro)
y el décimo dardo me dirá a donde tendré que ir.

Ese dardo será mi motor...

Mi cama es tu ombligo y mi habitación tus brazos....

"En realidad mi verdadera casa está en el espacio que se forma entre tu cuello y hombro".


domingo, 4 de septiembre de 2011

La insoportable levedad del domingo...

Habíamos quedado en una tregua; ni tú ni yo nos molestaríamos y lo sabías, había quedado todo bien claro. Desde ese acuerdo me levantaba sin pesadez, con tranquilidad y sin complicaciones. Después de la ducha secaba mis pies de duende y los frotaba con cariño, abría la ventana y como esquimal sentía el frío recorrer mi pecho, un ligero aire de enfermedad vacilaba entre mis poros pero nunca se depositaba del todo. Corría escaleras abajo hasta llegar al jardín, descalzo aún me perdía entre la espesura del verde olivo, pensaba en seguir jugueteando pero sabía que tenía que irme antes de que me vieran. Durante el trayecto me detuve mil y un veces a marcarle por teléfono, todo esto durante nuestra tregua, le marqué porque estabas nublado, porque estabas soleado, porque estabas de buen humor, porque no había tráfico y también porque hubiera, porque me estabas dando los mejores momentos de la semana. Del otro lado el teléfono nunca fue descolgado o tal vez adrede marcaba mal, no lo se.

Hoy irrumpiste mi paz. Domingo, eres un hijoputa. Tan bien que nos había salido todo hasta hoy, por qué llegaste a recordarme que eres Domingo. Hoy tal vez sólo su sonrisa me pondría de buen humor pero seguramente no me sonreiría por tu culpa, porque también se estaría dando cuenta de que hoy es domingo...

jueves, 1 de septiembre de 2011

Hawaii - Mumbai

Te dije que era una mala idea pero tu insististe, te alerté de que posiblemente no pasaría la prueba pero dijiste que sería excitante para los dos. Terminé cediendo sin muchos argumentos, realmente siempre había querido terminar entre tus piernas, que aunque ya había terminado así, esta ocasión sería "terminar entre tus piernas". Tiempo atrás había notado un poco de asco de tu parte hacia mis bramidos y mi sudor sobre de ti, nunca supe porque aceptabas mis manos ansiosas, nerviosas y, encima, rasposas, además mi aliento de hombre gordo y grasoso que fui, sobre todo conociendo tu debilidad por la firmeza, por lo excitante.

Yo lo era todo menos excitante... no no no, yo era nada, ni excitante, ni nada pero a ti te encantaba pasar tiempo conmigo. Te daba cierta seguridad mis canas y mi conocimiento acerca de motores de ocho cilindros en V. Hasta el último apretón del pescuezo recordé el primer momento en que te vi, era justamente cuando me preguntaba: ¿cuándo podré ir a Hawaii? Levanté mis pequeños ojos oscuros y te vi caminar dejando un halo de luz verdeazulada, moviendo tus caderas y las piernas al compás del movimieto terrestre. Siempre me pregunté si la tierra giraba gracias a que tú caminabas, seguiré con la duda. De todos los que te salieron al paso te acercaste con el que nadie daba un peso por él, si... conmigo.

Dentro del lugar lo primero que hice fue tirarme en la cama (todos los resortes crujieron al resistir más de 120 kilos de carnitas y barbacoa consumidos en 32 años de malas pasadas) y contemplar de cabeza el horizonte hermoso: un edificio gris lleno de oficinas; escritorios, ordenadores, botes de basura, lápices, plumas, botes para lápices y plumas, botes de basura para depositar botes para lápices y plumas cuando estas fueran consumidas en su totalidad. El inmueble permitía que apenas entraran unos cuantos rayos de sol a la habitación que nos asignaron. Vi que entraste al baño y yo pensé: que bote será tan grande para que cuando yo ya no sirva pueda contenerme... respuesta: ninguno.

Saliste del baño y revisaste tu delineado con soltura y naturalidad para traer el culo al aire. Tu caminabas y te paseabas por la habitación revisando todos los detalles, cerraste las cortinas y me preguntaste si me gustaba tanto el voyeur como para dejar a los oficinistas observar. Prendiste la tele y con un aire prepotente pediste mi opinión: ¿prendida o apagada, qué te relaja más? Te dije que no prestaba importancia y sacaste una película de tu Birkin. -Siempre te dije que vieras ésta y nunca me hiciste caso, ¡cabrón!

Cuando menos me di cuenta te tenía perniabierta frente a mi indicando el punto que me correspondía. Me acerqué tímidamente, con rubor en las mejillas y tú, con tu cara maliciosa y sonriente, esperaba el momento. Cuando deposité mi barbilla en tu rodilla sentí la presión de tu par de hermosas pantorrillas en mi gañote. Te tenía agarrada por las nalgas con fuerza y lentamente fui soltando. Se saltó ligeramente una vena en tu cuello y yo me mantuve calmo hasta el final, pensé que no debía de desmayarme antes sino creerías que ya habría sucedido y todo sería una farza.

En el último respiro te vi caminar dejando un halo de luz verdeazulada, moviendo tus caderas y las piernas al compás del movimieto terrestre, justo como la ocasión en que te conocí. Iba entrecerrando los ojos lentamente y veía tu expresión feliz, sincera. Al cerrarlos sólo te veía a ti untándote el bronceador y yo preguntándome: ¿cuándo podré ir a Hawaii...? Ayyyy...